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tundrario

mes

abril 2016

Las rocas quieren ser arena. Las rocas no quieren esperar tanto para ser arena. Se erosionan lentamente, maldicen su naturaleza y esperan. La arena danza sobre el agua, se ríe de las rocas y las alienta con ternura. La arena sabe que la espera valió la pena, pero la espera es pasado para la arena y presente para las rocas.

Las rocas lloran y le piden piedad al viento y al agua. Esa tortura suave y oriental se vuelve inquietante. Piden fuerza y voluntad para su evolución, para ser arena y para jugar dentro del agua y dentro del viento.

El sol aparece, el horizonte se llena de vida. El viento sacude al agua, el agua salta y juega arrastrando arena. La arena nada sobre el agua o dentro de ella, también salta y vuela con el viento. Las rocas, inmóviles por los próximos millones de años, sueñan en silencio, maldicen al tiempo y esperan.

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El otro día llegué a casa algo ebrio y de buen humor. Estar ebrio y de buen humor es algo muy bueno, por un rato mi cerebro se detiene y busca la calma, o puedo disfrutar casi cualquier cosa. De todos modos me senté en el sillón a fumar un cigarrillo y leer algo. Escuché un ruido que no se bien de donde vino porque tampoco mi departamento es muy grande. Miré para afuera y vi pasar una imagen espectral que según yo creo, es la vida.

Cada tanto aparece y hacemos una especie de análisis o balance anual, o algo así. A veces solamente se burla de mi, y me demuestra que sencillamente pasa, que está ahí, y que me está ganando. Yo se que siempre fui muy competitivo con ciertas cosas pero no detesto que alguien me gane más que la vida misma. Es así, a veces gana. Cuando gana te das cuenta porque pasa y sigue pasando, como que va más rápido que uno mismo, transcurre naturalmente y en lugar de que uno pueda elegir el camino, ella misma te va llevando.

No se si es rebeldía o alguna extraña idea personal porque no hago terapia, pero odio que me gane. Me da mucho miedo, conozco también mucha gente a la que no le asusta y le da igual, la vida le gana y le pasa por al lado, por el frente, le pasa y le pasa. Ojo, también tengo lo mío y puedo decir que yo también cada tanto la sorprendo y le paso por al lado, o le paso por el frente y le hago gestos. Normalmente recurro a algunas morisquetas de burla para que reviente de bronca.

La cuestión es que ahí estaba, sentado, algo ebrio y de buen humor, hasta que apareció. Me hizo burlas, algunas morisquetas también y me dio a entender que me estaba ganando en ese momento, que mi camino signado avanzaba tal como ella lo había planeado. Le arrojé el libro que tenía en la mano con todas mis fuerzas para que se vaya y me dejara en paz, por hoy estaba bien, ya sabía que me estaba ganando pero lo mismo da. Que se meta en sus cosas, que se meta con otro, pero no, siempre igual.

Terminé mi cigarrillo y me metí en la cama, puse el despertador bien temprano, al otro día me esperaba mucho trabajo aunque nadie me esperara, o tal vez ella sería quien en definitiva lo haría, estando cerca, desde la sombra, observándome y esperando su momento para burlarse de mi y hacerme morisquetas.

La propia nada se generó espontáneamente en un cruce de calles en el barrio de Mataderos. Una intensa ráfaga invernal arrastró un conjunto de partículas con capacidad de reflexión individual y terminó por reunirlas casualmente en aquella esquina. Esta aglomeración molecular produjo una extraña conexión cognitiva y comenzó a razonar.

Inmediatamente la nada misma tomó conciencia de su inexistente condición. Tuvo tiempo para envidiar el alegre andar de los niños y de algunos animales. También se permitió desear ser al menos una sustancia tangible aunque deba encontrarse desprovista de una vida. Observó a su alrededor ansiando ser algo y poder percibir la naturaleza a partir de su propio volumen.

Creyó inmediatamente en la reencarnación de las almas que se transportan de un ser vivo a otro. Deseó tener un espíritu que pueda vagar por diversos cuerpos a lo largo de la eternidad. Supuso también que cuando los objetos se deshacen logran renacer en otros indistintamente. Con tal de existir, no le fastidiaba el hecho de pertenecer a este reino inerte.

Recordó su particular estado ficticio y reflexionó sobre aquello. Comenzó por concebir las distintas formas de ocupar un espacio real en el universo y también lo hizo calculando una situación directamente contraria. La claridad de sus pensamientos creció hasta alcanzar un estimulante estado de gracia, donde predomina el blanco o el negro y las imágenes proyectadas se vuelven extremadamente difíciles de retener en la imaginación.

Finalmente la atrapó el súbito placer de no corresponder a aquella realidad y se enorgulleció de su efímera e infinita libertad. En ese mismo momento una brisa sopló con cierta impaciencia y dispersó aquellas traviesas partículas y sus absurdos pensamientos. No quedó absolutamente nada en aquella esquina.

Una casa vieja, una calle oscura, empedrado y silencio, algún gato nocturno controla la cuadra con paciencia y aguza su oído, alguien se acerca del otro lado de la esquina. La ciudad, única, su nombre: Buenos Aires. Los pasos rítmicos, emiten tiempos y notas menores. Se asoma un hombre cauteloso con un sobretodo y un sombrero de otro tiempo. Se trata del inconfundible y extraordinario escritor de tangos que ha dado esta ciudad. Acompañado por el humo de su cigarro se hace presente la figura de Attilio Olivetti.

Lleva caminando algunas horas por la noche y ha encontrado en una forzada casualidad un corazón de tango. Puede verlo y sentirlo, se trata de un corazón de tango magnífico. Se conmueve y prende un cigarro. La soledad lo acompaña en esa caminata errante e infinita por la cornisa anacrónica de su vida. Se refugia como puede en su sensibilidad eterna y en su consciente e ingenua esperanza.

Abre su espíritu por las calles. Observa los gatos que se asoman y lo reverencian. Con una suave sonrisa los saluda y agradece el agasajo. Algo le está faltando a su tango. Le faltan los pies y la cabeza, le falta todo eso, prende otro cigarro. Sigue caminando y sus pasos dejan de oírse. Los gatos lo persiguen y lo han visto doblando en la esquina, o más bien han visto lo que quedaba de él. Se perdían en las sombras los restos de Attilio Olivetti, que ya no tenía pies, y ya no tenía cabeza.

La naturaleza es sabia. Creó espacios perfectos y especies que conviven amistosamente. Creó también distintos ecosistemas que se conservan en forma equilibrada. Como parte del equilibrio poblacional suele suceder que unos se alimentan de otros. Muchos carnívoros son excelentes cazadores. Sus presas son por lo general más débiles y a partir de sus temores, desarrollan con los años su capacidad de defenderse o huir. La sabia naturaleza creó también, aún por fuera del razonamiento, la injusticia y el miedo. El ser humano, entonces, no inventó estas características. No olvidemos que hacer cargar a nuestra especie con estas responsabilidades no es más que una grosera idea antropocéntrica. El ser humano, ocupando un ínfimo espacio de la existencia, fue también creado por la naturaleza, y por consiguiente, también conoce y vive en carne propia la injusticia y el miedo.

Sentados en un café ubicado en la ciudad de París, se encontraban conversando dos hombres. Por un lado encontramos al reconocido filósofo alemán Rudolph Ehrlichmann, y del otro, al Gran Maestro Internacional de Ajedrez, el ruso Nikolay Sóbolev.

Ambos fueron citados en aquella ciudad por El Congreso Universal de Intelectuales Notables. Motivados por su antigua amistad, decidieron reunirse una tarde a debatir sobre diversos temas.

Familiarizado con el excelentísimo juego de piezas acromáticas, el señor de origen eslavo rompió el hielo con la misma decisión con que suele ejecutar la histórica y vigente apertura española, también conocida como Ruy López.

El ajedrecista planteó un debate sobre la poesía. La noche anterior ambos escucharon en el congreso las palabras de Osvaldo Ruiz Romero, el grandísimo poeta andaluz, y desde entonces se encontraban reflexionando sensiblemente sobre el tema.

Nikolay sostenía, fiel a su estilo de vida, que lo elemental de aquella estructura de rimas se radicaba en su significado. La hermosura del texto se encuentra en la comprensión de su esencia. El ruso proyectaba una identificación tal con el artista que permitiese percibir sus sensaciones de un modo cierto. Imaginaba al pobre poeta desgarrado y buscaba entre sus líneas su contexto literal y emocional. Recordando maravillosas partidas, centraba su pensamiento en una estrategia sabia que a partir de su idea troncal moviese sus piezas, o palabras en este caso, casi en forma natural.

Por su lado, el filósofo creía que uno podría acceder al esplendor de un texto a través de su propia belleza. Tal vez una especie de ecuación o patrón matemático disponía las palabras de manera tal que, ajena a su significado, lograba generar un estímulo en el lector que lo transportase hacia aquella intensa sensación. Comparaba el arte de la poesía con la pintura, donde la ejecución de obras abstractas encuentran su atractivo en la correcta y armónica composición de sus colores, o en su sentido inverso, situándolos en un modo crítico con el criterio superior que solo conservan los genios o los locos.

El debate parecía no tener fin y las dos celebridades del intelecto no se atemorizaban al exhibir una infinidad de fundamentos que cualquier mortal podría juzgar como ciertos. Bebiendo una copa tras otra acabaron por emborracharse al unísono y desviaron la conversación hacia otros intereses, como puede ser el increíble desempeño de algún deportista o diversas preguntas sobre la experiencia sexual ajena.

El hombre de energía inmortal se debilita. Pocos comprenden la magnitud de aquella situación y solo los conocedores de su trascendencia comienzan a incomodarse.

El hombre de energía inmortal se enferma. Su cuerpo comienza a deformarse, sus articulaciones no responden obedientemente y sus ojos se pierden con mayor frecuencia. La noticia se propaga afectando a diversos elementos de la existencia. Las familias salen a la calle a observar el cielo y la naturaleza comienza a cuestionar su propósito.

El hombre de energía inmortal siente dolor. Se retuerce lentamente y gime por las noches. El planeta tierra no puede tolerarlo y expresa su fastidio. Las placas tectónicas combaten entre sí con una descomunal violencia. La presión se vuelve incalculable y los volcanes revientan. El magma desorbitado arrasa con cualquier pueblo aledaño.

Los seres superiores no pueden permanecer al margen del hecho, los dioses de occidente resucitan y los de oriente despiertan, se reúnen en un congreso de carácter divino y deciden que es momento de confesar al fin el secreto de la felicidad a la raza humana.

La evolución se detiene y el tiempo pierde la coherencia volviéndose un factor intrascendente sin una medición específica. Las aves padecen la demencia y caen abruptamente, los animales terrestres se arrojan al vacío y los acuáticos se ahogan inmersos en la confusión.

Las verdades carecen de credibilidad, sus fundamentos se vuelven falsos. El conocimiento pierde la memoria y lentamente se convierte en una frágil víctima de la ignorancia.

El hombre de energía inmortal agoniza. Sus ojos se cierran en forma definitiva respondiendo a la debilidad de su cuerpo, su boca esboza sin esfuerzo una sonrisa impulsada por las carcajadas de su espíritu, de energía inmortal.

Esa risa de reojo. Esa risa me mira con su vergüenza incontenible y no me quiere mirar. No quiere que vea cómo se ríe, qué feliz la pone mi presencia. Sabe también lo prohibido de su alegría. Sabe que esa sonrisa no es correspondida, pero ve también la mía. Dos sonrisas cómplices o no tanto, con un intenso deseo sepultado. Tapado con todo con lo que se pueda tapar. Ahí sigue, y ahí está, la efusividad después de la sonrisa, del deseo tal vez obsceno, o no tanto, un poco sano a la vez, un poco hermoso, pero no permitido. Mejor olvidarlo entonces, mejor olvidar esas mejillas coloradas, ese saludo tímido y eufórico, mejor dejarlo pasar para conservar su esencia prohibida e incumplida. Soñando con algo de maldad que su cuerpo la sorprenda y la avergüence aún más, que en su intimidad imagine la mía y mi cuerpo, como yo hago en mi intimidad con el suyo. Adiós sonrisa, espero verte pronto y verte tan contenida como siempre.

El escritor de tangos Atilio Olivetti camina por las calles de Buenos Aires. Busca inspiración como si tuviera hambre. Encuentra penas y olvido. Sus pensamientos se pierden en objetos al alcance de la mano. No es justamente el tacto su sentido favorito, se ha vuelto adicto al pensamiento.

Solo puede escribir los mejores tangos embriagado de ideas que le resultan desconocidas. Teme al paso desconocerse a sí mismo. Cuestiona sus métodos de sensiblería gastada, de tiempo perdido en búsquedas vanas. Acelera el paso y lo hace cada vez con mayor velocidad.

Se acerca al río, inmenso y silencioso como su propio destino. Repleto de misterios que lo excitan de solo imaginarlos. Se aproxima suavemente y busca un nuevo tango. Lee en las pequeñas ondulaciones del agua alguna rima que lo precipite de emoción mientras sujeta su cuaderno vacío. Tal vez no las merezca, tal vez están allí pero no puede verlas.

Observa a su alrededor y no lo comprende. Encuentra otros escritores de tangos. Algunos toman impulso y se arrojan al río gritando de entusiasmo, otros lo hacen llorando de pena combinando sus lágrimas con las aguas del horizonte. Percibe que el río está repleto de un llanto desconsolado de escritores de tangos. Su miedo crece con fastidio.

Encuentra a lo lejos otros personajes con hojas repletas de rimas que observan las ondulaciones del río. Corre hacia ellos y destroza sus textos, los arroja al agua y caen riendo. Ya no queda nadie más.

En la noche solitaria toma su cuaderno y lo encuentra vacío, lo encuentra triste. Agotado de su propia cobardía y falta de inspiración destroza su pequeño anotador, toma impulso y se lanza gritando al río. Nadie ha visto si lo hizo riendo inmerso en un súbito entusiasmo o si tal vez lo hizo unificando sus lágrimas con las aguas del horizonte.

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