Las tardes de lluvia son las tardes favoritas del escritor de tangos Atilio Olivetti. El entorno se vuelve ideal para encerrarse sin remordimientos y poder desangrarse volcando su corazón en algún papel.

Lo que más estimula al escritor es justamente su sensación de resguardo. Tal vez porque aquello le recuerda a su infancia, le recuerda a etapas de su vida donde la última palabra no le pertenecía. En aquellos tiempos se permitía equivocarse sin culpas, sabiendo que él mismo se convertiría en el único mártir de cualquier desacierto. Nadie se sentaría a su lado observándolo con exigencias, ni le pediría por su propia integridad que tome alguna decisión trascendente.

Atilio se sienta y se concentra en el ventanal, el cual se convierte en un escenario donde observa con nostalgia como el universo se derrumba su alrededor. Tal vez la atracción se produzca porque nadie suele exigir nada en los días de lluvia, ni siquiera él mismo se lo permite. El escritor de tangos podría estar horas gozando bajo en aquel estado de hipnotismo e inspiración.

Lo curioso es que a falta de días de lluvia, Atilio encuentra otra forma de simular aquella sensación. Por la mañana suele guardar sus pertenencias en su bolso, sin olvidar algún libro ni su cuaderno de anotaciones. Una vez cargadas sus pertenencias vitales, le gusta recorrer el centro de Buenos Aires. Allí camina con soltura observando a la muchedumbre moviéndose a velocidades desmedidas. Es entonces cuando se dirige hacia algún café que tenga un lugar libre cerca de la ventana.

Atilio se sienta y observa nuevamente el exterior como si fuera la lluvia. No percibe otra cosa que pasos apurados por sus propias penas. El escritor se pregunta si su actitud está desprovista de nobleza o si aún conserva algo de dignidad.

Pide un café y continúa seducido por lo que sucede en el exterior. Esa dinámica que él jamás podría tolerar por su rebeldía tan lógica o tal vez por su cobardía. Lo cierto es que Atilio Olivetti está bebiendo su café y de reojo percibe una masa insaciable que no puede tocarlo ni exigirle absolutamente nada, sintiendo nuevamente que se trata del propio universo derrumbándose a su alrededor. Se siente a resguardo, se siente fuerte, abre su cuaderno y vuelca allí su corazón.

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