En el mundo del futbol podemos nombrar una amplia diversidad de personajes. Entre los más distinguidos dentro de cada institución aparece el entrenador, más conocido como el director técnico. Entre ellos, destacamos un grupo reducido de quiénes tienen o han tenido la dicha de preparar a Lionel Messi.

Obtenemos una extensa pluralidad de ideas y de estrategias en todos ellos, concluyendo en eternos debates futbolísticos. Al margen de lo mencionado, todos coinciden en un por lo menos razonable concepto: Que la pelota pase por el mejor jugador del mundo el mayor tiempo posible.

Ésta afirmación resulta bastante sencilla. Sería sensato tomarla a la ligera y continuar con nuestras actividades cotidianas o bien podríamos detenernos un momento para analizarla con mayor profundidad.

¿Por qué? ¿Por qué Lionel Messi debe tener la pelota el mayor tiempo posible?. No hace falta aclarar que con sus cualidades técnicas conseguiría marcar la diferencia y lograr con solo algunos de sus movimientos una jugada extraordinaria, que en el mejor de los casos finalice con lo más anhelado dentro de un campo de juego: el gol.

Nuevamente cabría la posibilidad de dar por terminado éste aparentemente ridículo análisis, pero si nos atrevemos un poco y decidimos ser más minuciosos, a lo mejor lograríamos una idea un poco más interesante.

Veamos:

Cuando el mejor jugador del mundo controla el balón, comienzan a percibirse indiscretas reacciones en el público. Primeramente, quiénes usan la misma camiseta que viste éste personaje, ya sea dentro del estadio o en sus hogares, comienzan a experimentar dos efectos. Por un lado tienden a pararse, y por otro, a levantar la voz, a gritar.

Siendo más específicos y considerando éstas dos cuestiones:
Pararse: Estamos hablando de un acto tan inexplicable como primitivo. Pararse significa presentir el advenimiento de una situación inesperada y maravillosa. Significa en este caso esperar algo grande de alguien que en un campo de juego repleto de aficionados es capaz de resolver de una manera infinitamente superior al imaginario de cualquier individuo que lo está observando cómodamente desde su sofá.

Por otro lado, gritar. Gritar no es menos genuino que pararse, y se refiere a una expresión de euforia, en éste caso acompañada de alegría. Es sentirse partícipe de lo que está ocurriendo. Es la representación de la excitación y la felicidad consumada en las ansias de lo que está por suceder.

Lo curioso es que en el momento en que el punto tangencial del esférico hace contacto con el zapato de éste hombre, también encontramos otras emociones o expresiones de ellas a través del cuerpo directamente opuestas a las nombradas anteriormente.

Podemos destacar que quiénes visten la camiseta del rival de turno de ésta celebridad del deporte, ya sea dentro del estadio o en sus propios hogares, tienden amargamente a sentarse y a callar.

Sentarse: Se sienta quién se achica, tanto emocional como literalmente lo hace su cuerpo disminuyendo su propio volumen. Se retrae quien siente el peligro, quien sabe que algo decididamente malo está por suceder, y que no es capaz de detenerlo.

Finalmente, callar. El silencio es el fiel reflejo de una de las emociones más indeseables para cualquier ser vivo, sea racional o no. Estamos hablando del miedo. Es aquí donde me permito discernir las posibles variantes de su origen.

La causa podría ser el sentir una inmensa amenaza, rendirse ante quién todo lo puede. Tal vez sea que se percatan de lo que éste mortal es capaz de hacer, y que nada podrá alterarlo. Posiblemente sea que ellos lo conocen, y les duela porque también saben amarlo; y fantasean en reiterados sueños con ponerle su camiseta.

Tal vez, el pánico se produzca al observar a sus adversarios, a quienes desearían ver deslucidos con rostros frustrados repletos de congoja. Porque esas sensaciones se han convertido en propias y son los otros quiénes justamente en ese preciso momento experimentan lo contrario, la euforia, el júbilo, y para colmo se han vuelto aún más fuertes: Ahora se paran, y también gritan.

Es entonces cuando el estadio, las personas, sus emociones y sus propias almas se convierten. Convirtiendo a millones de los suyos, los que se agrandan, y a millones de los otros, los que se achican.

Lionel Messi debe tener la pelota el mayor tiempo posible, finalmente coincidí, y esto no se lo adjudico a su técnica superlativa jamás vista. Se lo otorgo a una razón infinitamente superior, una razón acorde a su juego. Sucede que cuando este hombre toca la pelota el clima cambia, el aire se seca, y los murmullos ensordecen. Con esto le alcanza para transformar completamente cualquier partido, y sin darse cuenta, el mundo entero.

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