Anoche pasó algo que tal vez no recuerdes. En un viejo hospital, o tal vez unas oficinas del Estado nos saludamos. Yo estaba listo para hacer unos trámites y al parecer vos también. Nos saludamos rápido y colocaste con suavidad tu mano en mi mejilla, como cuando las mujeres buscan generar alguna especie de sensación en el hombre, y efectivamente la generan. Entonces lo hiciste, y yo me excité pero conservé la coherencia y el temple. Traté de darme vuelta como para continuar con una conversación o al menos para naturalizar la escena pero tu mano seguía en mi mejilla. Se había quedado ahí acariciándome muy suavemente. Yo me estremecí y comencé a caminar despacio por un pasillo ancho repleto de gente. Gente algo angustiada, de color piel desaturado, casi gris. El suelo era un alisado de cemento con un brillo desgasto de los pasos de las personas que hacen trámites. Vos me seguías, estabas al lado mío, me mirabas sonriendo y deseándome, y yo ardía. Quise evitar el momento incómodo y giré en un descanso para llamar el ascensor. Vos seguías a mi lado y te recostaste contra la pared con cara de beso, con un gesto corporal que me invitaba a besarte, y yo me acerqué pero no pude, el ascensor estaba detrás de mí y había llegado. Una especie de control magnético me atrajo hacia atrás y subí al ascensor, y subí varios pisos y seguí pensando en tu cara de beso, en tu cuerpo invitando al mío contra la pared.

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