No pocas personas conocen la maravillosa historia de Osvaldo Ruiz Romero, el poeta de Andalucía.

Sabedor los más complejos fraudes amorosos, ha dedicado toda su vida a estudiar las diversas formas de cautivar a una mujer. Ha escrito múltiples poesías nutridas de la más ferviente pasión, expresada a través de hermosas rimas.

Tras recorrer un largo camino, logró conseguir una verdad absoluta en su búsqueda, la del misterio. Según sus conjeturas, solo con una personalidad intrigante podría despertar el amor más intenso de una mujer sin perderlo jamás. Se lanzaba en su conquista, y una vez alcanzado el objetivo, las abandonaba.

En la noche caminaba por las calles de Sevilla buscando inspiración, referenciando sus pensamientos en su musa provisoria. Obsesionado con su propio amor, solo podía renovar su vehemencia pasional alternando a la dama en cuestión.

Osvaldo ostentaba un secreto llamativo, jamás había besado a una mujer. Claro está que podría haberlo hecho en un sinfín de ocasiones, pero no era precisamente lo que él buscaba. Se alimentaba del amor ajeno, y solo así podría conservarlo. Creía que en el beso sepultaría su particular enigma para convertirse en un ser terrenal, cuestión que lo atemorizaba hondamente.

Numerosos testigos lo vieron por las playas de Huelva y Cádiz observando el atardecer. Sumido en la imagen de una sola mujer, utilizaba su lápiz para dedicarle sus más profundos sentimientos. En Málaga y Granada las gitanas lo recuerdan con nostalgia. Sus ramas de romero eran aceptadas por Osvaldo, quien lo compensaba con alguna maravillosa y sincera poesía.

El poeta siempre marchaba en soledad. Lo acompañaba el amor de sus mujeres, como él prefería llamarlas. No importaba si eran adolescentes, ancianas o si estaban casadas. Ruiz Romero sentía un intenso amor por ellas y se limitaba simplemente a alcanzarles una de sus magistrales obras.

Mucho sufría nuestro héroe andaluz. Su mayor deseo era llevar a cabo aquel beso no correspondido que coronase su amor eterno. Utilizaba esta melancolía como un modo de vida, que le sirviera además como herramienta secreta para volcar sus desgarradas y magníficas palabras en cualquier trozo de papel que encontraba por los barrios de Córdoba.

Algunos reían al verlo pasar completamente ebrio, sumido en la pena de vidas inconclusas, de una ambición tan grande como imposible. Ciertos hombres ridiculizaban su sensibilidad sin querer creer que tal vez su propia mujer estaba hipnotizada por aquel desgraciado. La figura del hombre solitario también despertaba la más profunda pena, nadie podía comprender si cargaba con algún viejo trauma infantil o si simplemente sufría de una extraña demencia depresiva.

Remitiéndonos a la pura realidad encontramos un dato estadístico muy ilustrativo, el cual indica que absolutamente todas las mujeres de Andalucía guardan en su mesita de luz una nota con las palabras que alguna vez les dedicó el poeta. Otro dato no menor proviene del rumor. Se dice que cuando aquellas mujeres se encuentran solas recurren al pequeño escrito para llevarlo a su pecho, y así poder cerrar los ojos regocijándose en un suspiro y recordando al grandísimo Osvaldo Ruiz Romero.

 

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