Por alguna curiosa razón que no tendría mucho sentido reflexionar, me encuentro aquí escribiendo una confesión:
Detesto que hablen mal de los colectiveros.

Cada vez que me encuentro en una conversación donde se toca el tema, no puedo evitar sentirme incómodo. En vez de participar, opto por el silencio y simulo no escuchar la lista de anécdotas que todos guardan para generalizarlos y repudiarlos en forma conjunta. “Son todos unos hijos de puta” algunos afirman, “Lo hacen a propósito”, otro clásico.

Quizá prefiera callar porque me aburriría explicar mis fundamentos, o tal vez será que en vez de fundamentos sencillamente tengo una razón:

Fue hace ya unos años cuando una tarde de sábado me encontró bajo el sol en la esquina de la Av. Lope de Vega y Av. Álvarez Jonte . Yo estaba precisamente en la parada del colectivo esperando su llegada, mientras revisaba en mis bolsillos tener al menos 80 centavos que me permitieran viajar hasta la Av. Beiró.

En ese momento detecté que solamente tenía 75 centavos, lo que indicaba que debía cruzar y dirigirme hasta el kiosco de enfrente para comprar un chocolate que salía $1 con mi billete de $2, como hacía muy a menudo.

Pero no había tiempo para todo esto, el codiciado transporte ya estaba a la vista y se dirigía exactamente hacia donde yo me encontraba a toda velocidad. Debía tomar una medida al respecto, y tenía que ser rápido: Decidí subir; y dije con toda naturalidad:

– Setenta y cinco.
– ¿Hasta dónde vas? – Devolvió de forma letal.

La situación se ponía un poco incómoda, y ante la posibilidad de ser descubierto, opté por ser honesto pasando por distraído:

– Hasta la Av. Beiró – dije confiando en la buena voluntad del chofer.
– Hasta allá es ochenta – repuso mientras su dedo acusador hacía click en el “aparatito”.

De pronto me encontré con 75 centavos en el bolsillo frente a una máquina que me exigía 80. Parecía inevitable mi regreso a la esquina de la Av. Álvarez Jonte y Av. Lope de Vega, donde debía cruzar y dirigirme hasta el kiosco de enfrente para comprar un chocolate de $1 con mi billete de $2.

Ya vencido, decidí jugar mi última carta y con total franqueza dije:

– La verdad es que solo tengo setenta y cinco centavos.
Mis palabras le parecieron divertidas. Se lo notó animoso, y casi disfrutando la situación con euforia dijo:
– ¡Me hubieras avisado antes!

De pronto lo observé revolver su bolsillo y luego abrió su mano ofreciéndome una moneda de 5 centavos. Sin entender por completo lo que estaba pasando, dejé de mirar su mano para buscar una respuesta en su rostro. Fue allí cuando algo mágico sucedió: El chofer ya no era el mismo. Ahora sus pesados cachetes, su amplia papada, y todos sus músculos faciales se habían desplazado de manera estratégica dibujando una auténtica y maravillosa sonrisa.

De pronto algún cable cósmico nos conectó y trasladó ese gesto tal cual a mi cara. Ahora nos encontrábamos los dos sonriendo. Fue ahí nomás, como hacen los hombres, cuando decidimos cerrar un trato, el cual tácitamente resolvimos que cada uno sellaría con su sonrisa.

Él con la suya me dejó pasar al colectivo, y yo con la mía le juré en silencio que nunca hablaría mal de los colectiveros.

 

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