Se me acercó y estaba hermosa. La alcancé hasta donde pude y esperaba su saludo. Estaba hermosa. No me lo esperaba realmente, y mira que muchas veces espero muchas cosas cuando no las hay. A veces cuando me atiende una doctora o una dentista pienso por dentro que ojalá que sea una mujer siniestra, que ojalá me desee, que se saque la ropa, pero no, nunca pasa che. Pero esa vez era distinto, ni valía la pena pensar nada, de hecho ya me había rechazado. Lo mismo de siempre, era acercarme ahí abajo del puente, y había una remisería que daba algo de pena, o en realidad lástima, que no es lo mismo. Ella se bajaba ahí porque vivía muy lejos y se tomaba el remis a casa, ¿Y yo?, y yo nada, lo de siempre. Ponía algún tango, ponía algo que me guste para atravesar la ciudad en la noche, y tal vez llorar, y tal vez recordar con nostalgia el pasado, o pensar con ardor en el futuro, siempre y cuando suceda en ese mismo momento. Y así como si nada se bajó, yo tranquilo acomodé un poco las cosas y de repente volvió. Volvió, apoyó sus manos en el asiento de acompañante, y su rodilla derecha también. Se me acercó demasiado, y yo claro, qué iba a hacer. Petrificado. Así me besó, su lengua hermosa, su lengua buena, su cuerpo angelical deseaba el mío. Y se bajó, y yo nada, qué iba a hacer. Se fue nomás a la remisería y no volvimos a hablar. En realidad yo quise, le hablé por diferentes vías pero nada, ella era eso, el beso más hermoso e inesperado que jamás me dieron en la vida y nada más.

 

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