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tundrario

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marzo 2016

Un señor se encuentra solo en un maravilloso y lejano mirador ubicado en el monte Kanchenjunga. Durante años estuvo planeando su viaje para poder hallarse en aquel lugar y poder observar la inmensidad del planeta. Se imaginó en repetidas ocasiones recibiendo los vientos asiáticos en su pecho, reflexionando sobre alguna verdad que le era esquiva o alcanzando la concentración necesaria para meditar profundamente.

El hombre estaba solo. Decidió sentarse cómodamente sobre alguna roca para poder abrir las puertas a infinitas sensaciones. Colocó su equipaje a un lado y observó el horizonte.

Pocos minutos pasaron hasta que sintió hambre. Abrió su bolso y tomó lentamente un poco de pan junto con otros comestibles que pudieran acompañarlo en forma criteriosa. Muy relajado almorzó disfrutando del extraordinario paisaje obsequiado por el Sistema de los Himalayas.

Una vez que acabó, guardó los restos y permaneció en silencio. Nuevamente se vio embestido por otra necesidad natural y sintió sed. Buscó en su bolso una botella de agua y bebió todo su contenido.

Luego de estas actividades, creyó que el momento era el adecuado para observar la naturaleza y emprender un profundo viaje introspectivo. Notó por otro lado que deseaba fumar un poco de tabaco para acompañar aquel hecho. Husmeó en su bolso y encontró una caja de cigarros vacía.

Esta sorpresa lo paralizó. Intentó apaciguar su impulso y apreciar su entorno de la forma en que lo había soñado. Tras dedicar unos minutos a resolver su debate interior, llegó a una conclusión. Tomó su bolso y se fue.

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Claro que no es lo mismo decir que hacer. Cuando uno dice, teoriza sobre un sinfín de posibilidades que nunca podrían ser comprobadas si uno no lo hace. Cuando uno hace, enfrenta la existencia de disímiles situaciones que podrían convertirse en potenciales inconvenientes.

Cuando uno enfrenta inconvenientes, crece. Cuando uno crece, se aburre. Cuando el aburrimiento y la falta de excitación se convierten en un terreno cotidiano, los problemas avanzan sigilosamente.

Si la capacidad de enfrentar los problemas es aún mayor, podrán sortearse en forma expeditiva, o podrán apañar el alma con infinitos deseos inconclusos.

Para eso existe el arte. Si uno es capaz de involucrar deseos con inconvenientes, madurez y aburrimiento, tal vez encuentre alguna respuesta en expresiones poco convencionales. Tal vez no exista nada cierto a la hora de generar espacios con contenido propio que probablemente pocos podrán apreciar.

Así estamos, repletos de información que amenaza directamente nuestras emociones, y emociones que poco tienen que ver con lo que pasa a nuestro alrededor. El camino podrá ser confuso a la hora de liberar erupciones espirituales, o tal vez muy claro para aquellos que encuentran su pasión en las matemáticas.

Lo cierto es que de pasiones nada sabemos, la información excede cualquier medición racional, y los artistas persisten en su búsqueda.

Las tardes de lluvia son las tardes favoritas del escritor de tangos Atilio Olivetti. El entorno se vuelve ideal para encerrarse sin remordimientos y poder desangrarse volcando su corazón en algún papel.

Lo que más estimula al escritor es justamente su sensación de resguardo. Tal vez porque aquello le recuerda a su infancia, le recuerda a etapas de su vida donde la última palabra no le pertenecía. En aquellos tiempos se permitía equivocarse sin culpas, sabiendo que él mismo se convertiría en el único mártir de cualquier desacierto. Nadie se sentaría a su lado observándolo con exigencias, ni le pediría por su propia integridad que tome alguna decisión trascendente.

Atilio se sienta y se concentra en el ventanal, el cual se convierte en un escenario donde observa con nostalgia como el universo se derrumba su alrededor. Tal vez la atracción se produzca porque nadie suele exigir nada en los días de lluvia, ni siquiera él mismo se lo permite. El escritor de tangos podría estar horas gozando bajo en aquel estado de hipnotismo e inspiración.

Lo curioso es que a falta de días de lluvia, Atilio encuentra otra forma de simular aquella sensación. Por la mañana suele guardar sus pertenencias en su bolso, sin olvidar algún libro ni su cuaderno de anotaciones. Una vez cargadas sus pertenencias vitales, le gusta recorrer el centro de Buenos Aires. Allí camina con soltura observando a la muchedumbre moviéndose a velocidades desmedidas. Es entonces cuando se dirige hacia algún café que tenga un lugar libre cerca de la ventana.

Atilio se sienta y observa nuevamente el exterior como si fuera la lluvia. No percibe otra cosa que pasos apurados por sus propias penas. El escritor se pregunta si su actitud está desprovista de nobleza o si aún conserva algo de dignidad.

Pide un café y continúa seducido por lo que sucede en el exterior. Esa dinámica que él jamás podría tolerar por su rebeldía tan lógica o tal vez por su cobardía. Lo cierto es que Atilio Olivetti está bebiendo su café y de reojo percibe una masa insaciable que no puede tocarlo ni exigirle absolutamente nada, sintiendo nuevamente que se trata del propio universo derrumbándose a su alrededor. Se siente a resguardo, se siente fuerte, abre su cuaderno y vuelca allí su corazón.

En el mundo del futbol podemos nombrar una amplia diversidad de personajes. Entre los más distinguidos dentro de cada institución aparece el entrenador, más conocido como el director técnico. Entre ellos, destacamos un grupo reducido de quiénes tienen o han tenido la dicha de preparar a Lionel Messi.

Obtenemos una extensa pluralidad de ideas y de estrategias en todos ellos, concluyendo en eternos debates futbolísticos. Al margen de lo mencionado, todos coinciden en un por lo menos razonable concepto: Que la pelota pase por el mejor jugador del mundo el mayor tiempo posible.

Ésta afirmación resulta bastante sencilla. Sería sensato tomarla a la ligera y continuar con nuestras actividades cotidianas o bien podríamos detenernos un momento para analizarla con mayor profundidad.

¿Por qué? ¿Por qué Lionel Messi debe tener la pelota el mayor tiempo posible?. No hace falta aclarar que con sus cualidades técnicas conseguiría marcar la diferencia y lograr con solo algunos de sus movimientos una jugada extraordinaria, que en el mejor de los casos finalice con lo más anhelado dentro de un campo de juego: el gol.

Nuevamente cabría la posibilidad de dar por terminado éste aparentemente ridículo análisis, pero si nos atrevemos un poco y decidimos ser más minuciosos, a lo mejor lograríamos una idea un poco más interesante.

Veamos:

Cuando el mejor jugador del mundo controla el balón, comienzan a percibirse indiscretas reacciones en el público. Primeramente, quiénes usan la misma camiseta que viste éste personaje, ya sea dentro del estadio o en sus hogares, comienzan a experimentar dos efectos. Por un lado tienden a pararse, y por otro, a levantar la voz, a gritar.

Siendo más específicos y considerando éstas dos cuestiones:
Pararse: Estamos hablando de un acto tan inexplicable como primitivo. Pararse significa presentir el advenimiento de una situación inesperada y maravillosa. Significa en este caso esperar algo grande de alguien que en un campo de juego repleto de aficionados es capaz de resolver de una manera infinitamente superior al imaginario de cualquier individuo que lo está observando cómodamente desde su sofá.

Por otro lado, gritar. Gritar no es menos genuino que pararse, y se refiere a una expresión de euforia, en éste caso acompañada de alegría. Es sentirse partícipe de lo que está ocurriendo. Es la representación de la excitación y la felicidad consumada en las ansias de lo que está por suceder.

Lo curioso es que en el momento en que el punto tangencial del esférico hace contacto con el zapato de éste hombre, también encontramos otras emociones o expresiones de ellas a través del cuerpo directamente opuestas a las nombradas anteriormente.

Podemos destacar que quiénes visten la camiseta del rival de turno de ésta celebridad del deporte, ya sea dentro del estadio o en sus propios hogares, tienden amargamente a sentarse y a callar.

Sentarse: Se sienta quién se achica, tanto emocional como literalmente lo hace su cuerpo disminuyendo su propio volumen. Se retrae quien siente el peligro, quien sabe que algo decididamente malo está por suceder, y que no es capaz de detenerlo.

Finalmente, callar. El silencio es el fiel reflejo de una de las emociones más indeseables para cualquier ser vivo, sea racional o no. Estamos hablando del miedo. Es aquí donde me permito discernir las posibles variantes de su origen.

La causa podría ser el sentir una inmensa amenaza, rendirse ante quién todo lo puede. Tal vez sea que se percatan de lo que éste mortal es capaz de hacer, y que nada podrá alterarlo. Posiblemente sea que ellos lo conocen, y les duela porque también saben amarlo; y fantasean en reiterados sueños con ponerle su camiseta.

Tal vez, el pánico se produzca al observar a sus adversarios, a quienes desearían ver deslucidos con rostros frustrados repletos de congoja. Porque esas sensaciones se han convertido en propias y son los otros quiénes justamente en ese preciso momento experimentan lo contrario, la euforia, el júbilo, y para colmo se han vuelto aún más fuertes: Ahora se paran, y también gritan.

Es entonces cuando el estadio, las personas, sus emociones y sus propias almas se convierten. Convirtiendo a millones de los suyos, los que se agrandan, y a millones de los otros, los que se achican.

Lionel Messi debe tener la pelota el mayor tiempo posible, finalmente coincidí, y esto no se lo adjudico a su técnica superlativa jamás vista. Se lo otorgo a una razón infinitamente superior, una razón acorde a su juego. Sucede que cuando este hombre toca la pelota el clima cambia, el aire se seca, y los murmullos ensordecen. Con esto le alcanza para transformar completamente cualquier partido, y sin darse cuenta, el mundo entero.

Camina Fernando y sueña, o al revés. Recorre la Feria de las Imaginaciones Sensatas y pregunta. Pregunta qué significa la sensatez en las imaginaciones y busca también allí coherencia. Recorre la feria al ritmo de algunos sueños y con alegría se permite vagar. Su paso abandona lentamente lo rítmico y se convierte en un sueño. Comienza a ser juzgado por personas sensatas pero no las escucha. Se acerca a un vendedor de coherencia y señala, deme eso que está ahí, ¿Eso qué?, ¿Qué está señalando?, ¡Eso que está ahí! Su dedo parece señalar el pecho del vendedor, y el mismo permanece inmóvil. Fernando en un ataque de ira salta por encima del tablón que funciona como mostrador del comercio y lo toma por el cuello. Le dije que me lo de, se ve que no entiende.

Anoche pasó algo que tal vez no recuerdes. En un viejo hospital, o tal vez unas oficinas del Estado nos saludamos. Yo estaba listo para hacer unos trámites y al parecer vos también. Nos saludamos rápido y colocaste con suavidad tu mano en mi mejilla, como cuando las mujeres buscan generar alguna especie de sensación en el hombre, y efectivamente la generan. Entonces lo hiciste, y yo me excité pero conservé la coherencia y el temple. Traté de darme vuelta como para continuar con una conversación o al menos para naturalizar la escena pero tu mano seguía en mi mejilla. Se había quedado ahí acariciándome muy suavemente. Yo me estremecí y comencé a caminar despacio por un pasillo ancho repleto de gente. Gente algo angustiada, de color piel desaturado, casi gris. El suelo era un alisado de cemento con un brillo desgasto de los pasos de las personas que hacen trámites. Vos me seguías, estabas al lado mío, me mirabas sonriendo y deseándome, y yo ardía. Quise evitar el momento incómodo y giré en un descanso para llamar el ascensor. Vos seguías a mi lado y te recostaste contra la pared con cara de beso, con un gesto corporal que me invitaba a besarte, y yo me acerqué pero no pude, el ascensor estaba detrás de mí y había llegado. Una especie de control magnético me atrajo hacia atrás y subí al ascensor, y subí varios pisos y seguí pensando en tu cara de beso, en tu cuerpo invitando al mío contra la pared.

Por alguna curiosa razón que no tendría mucho sentido reflexionar, me encuentro aquí escribiendo una confesión:
Detesto que hablen mal de los colectiveros.

Cada vez que me encuentro en una conversación donde se toca el tema, no puedo evitar sentirme incómodo. En vez de participar, opto por el silencio y simulo no escuchar la lista de anécdotas que todos guardan para generalizarlos y repudiarlos en forma conjunta. “Son todos unos hijos de puta” algunos afirman, “Lo hacen a propósito”, otro clásico.

Quizá prefiera callar porque me aburriría explicar mis fundamentos, o tal vez será que en vez de fundamentos sencillamente tengo una razón:

Fue hace ya unos años cuando una tarde de sábado me encontró bajo el sol en la esquina de la Av. Lope de Vega y Av. Álvarez Jonte . Yo estaba precisamente en la parada del colectivo esperando su llegada, mientras revisaba en mis bolsillos tener al menos 80 centavos que me permitieran viajar hasta la Av. Beiró.

En ese momento detecté que solamente tenía 75 centavos, lo que indicaba que debía cruzar y dirigirme hasta el kiosco de enfrente para comprar un chocolate que salía $1 con mi billete de $2, como hacía muy a menudo.

Pero no había tiempo para todo esto, el codiciado transporte ya estaba a la vista y se dirigía exactamente hacia donde yo me encontraba a toda velocidad. Debía tomar una medida al respecto, y tenía que ser rápido: Decidí subir; y dije con toda naturalidad:

– Setenta y cinco.
– ¿Hasta dónde vas? – Devolvió de forma letal.

La situación se ponía un poco incómoda, y ante la posibilidad de ser descubierto, opté por ser honesto pasando por distraído:

– Hasta la Av. Beiró – dije confiando en la buena voluntad del chofer.
– Hasta allá es ochenta – repuso mientras su dedo acusador hacía click en el “aparatito”.

De pronto me encontré con 75 centavos en el bolsillo frente a una máquina que me exigía 80. Parecía inevitable mi regreso a la esquina de la Av. Álvarez Jonte y Av. Lope de Vega, donde debía cruzar y dirigirme hasta el kiosco de enfrente para comprar un chocolate de $1 con mi billete de $2.

Ya vencido, decidí jugar mi última carta y con total franqueza dije:

– La verdad es que solo tengo setenta y cinco centavos.
Mis palabras le parecieron divertidas. Se lo notó animoso, y casi disfrutando la situación con euforia dijo:
– ¡Me hubieras avisado antes!

De pronto lo observé revolver su bolsillo y luego abrió su mano ofreciéndome una moneda de 5 centavos. Sin entender por completo lo que estaba pasando, dejé de mirar su mano para buscar una respuesta en su rostro. Fue allí cuando algo mágico sucedió: El chofer ya no era el mismo. Ahora sus pesados cachetes, su amplia papada, y todos sus músculos faciales se habían desplazado de manera estratégica dibujando una auténtica y maravillosa sonrisa.

De pronto algún cable cósmico nos conectó y trasladó ese gesto tal cual a mi cara. Ahora nos encontrábamos los dos sonriendo. Fue ahí nomás, como hacen los hombres, cuando decidimos cerrar un trato, el cual tácitamente resolvimos que cada uno sellaría con su sonrisa.

Él con la suya me dejó pasar al colectivo, y yo con la mía le juré en silencio que nunca hablaría mal de los colectiveros.

 

Asi suenan los cantos de septiembre
los que nadan en las voces exigentes,
Los que son como yo y no quieren,
los que así se hicieron fuertes.

Asi son los cantos de septiembre,
arrastran penas y van heridos,
dicen ya de todo y nada tienen,
piensan mucho y más lo sienten.

Allá van los cantos de septiembre,
el recuerdo de un encuentro adolescente,
el vacío quejumbroso del presente,
el pasado y el futuro displicente.

No descansan los cantos de septiembre,
su camino se dirige hacia la muerte,
a encontrar una pócima demente,
de la vida que no fue insuficiente.

Ya no temen los cantos de septiembre,
se aproxima lo menor a lo vivido,
lucen arrugas en la frente,
el fuego merma suavemente.

 

Se me acercó y estaba hermosa. La alcancé hasta donde pude y esperaba su saludo. Estaba hermosa. No me lo esperaba realmente, y mira que muchas veces espero muchas cosas cuando no las hay. A veces cuando me atiende una doctora o una dentista pienso por dentro que ojalá que sea una mujer siniestra, que ojalá me desee, que se saque la ropa, pero no, nunca pasa che. Pero esa vez era distinto, ni valía la pena pensar nada, de hecho ya me había rechazado. Lo mismo de siempre, era acercarme ahí abajo del puente, y había una remisería que daba algo de pena, o en realidad lástima, que no es lo mismo. Ella se bajaba ahí porque vivía muy lejos y se tomaba el remis a casa, ¿Y yo?, y yo nada, lo de siempre. Ponía algún tango, ponía algo que me guste para atravesar la ciudad en la noche, y tal vez llorar, y tal vez recordar con nostalgia el pasado, o pensar con ardor en el futuro, siempre y cuando suceda en ese mismo momento. Y así como si nada se bajó, yo tranquilo acomodé un poco las cosas y de repente volvió. Volvió, apoyó sus manos en el asiento de acompañante, y su rodilla derecha también. Se me acercó demasiado, y yo claro, qué iba a hacer. Petrificado. Así me besó, su lengua hermosa, su lengua buena, su cuerpo angelical deseaba el mío. Y se bajó, y yo nada, qué iba a hacer. Se fue nomás a la remisería y no volvimos a hablar. En realidad yo quise, le hablé por diferentes vías pero nada, ella era eso, el beso más hermoso e inesperado que jamás me dieron en la vida y nada más.

 

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