En Occidente no aprendemos más. Ahora todos deseamos simplemente ser felices, pero ahí tenemos justamente el problema, lo “deseamos”. Con la llegada de nuevas generaciones, ahora los chicos quieren viajar, encontrar su espíritu y sentirse plenos. Atrás quedaron las pretensiones económicas y trabajar todo el día por un salario digno, atrás quedó la cultura del trabajo y el sacrificio para llevar adelante vidas miserables.

Los jóvenes parecemos traer un pensamiento interesante pero aún así no estamos todavía desligados de las viejas concepciones. Ser feliz se ha convertido en un deseo, en un anhelo tan fuerte y tóxico como lo puede ser el económico o cualquier otro. Ahora uno no puede realizar actividades enriquecedoras sin preguntarse ¿Lo estoy logrando?, ¿Estaré siendo feliz en este momento?

Tal vez no vale la pena hacerse esas preguntas, y tal vez no hay que proponerse ser feliz. Aquello a que llamamos plenitud, no existe en el pensamiento sino en la ausencia del mismo. Podremos alcanzarlo únicamente en la más profunda concentración, que puede lograrse mediante la meditación o a través del arte, o de cualquier cosa. Entonces, ¿Está sobrestimada la felicidad? Quizá. Probablemente debamos olvidarla, y en una de esas, como quien no es llamado, aparezca sola.