Se despierta el joven en su habitación. Abre los ojos con cierto dejo de amargura mientras se incorpora de manera lenta y torpe. Logra asomarse por la ventana y observa el espacio. Solo puede sentir deseos. Fuerzas intensas en su interior lo hostigan hasta eliminar su contenido humano y convertir su voluntad en carencias.

Los deseos están en el cielo. Aparecen muy lejos junto con su energía. El joven se detiene a recapacitar de qué manera podría alcanzarlos, pero son ellos mismos los que entre carcajadas buscan distraerlo.

El joven cierra la ventana y se dedica a elaborar un procedimiento sabio. Se recuesta con la intención de reflexionar claramente y un mar de sensaciones lo azotan. Su estrategia corre peligro y decide cubrirse ambos oídos para evitar la filtración del sonido. A continuación, cierra sus ojos para eludir la seducción de alguna excusa plasmada en imágenes.

No logra su fin, continúa siendo preso de abstracciones mezquinas que lo abordan por todos los frentes. Decide entonces respirar de manera suave y automática, alternando pausas controladas desde el subconsciente. Se convierte finalmente en una inerte masa que reposa sobre una cama.

Como último paso, persevera con esfuerzo hasta neutralizar el trabajo de su propio cerebro. Se concentra en el resto de su organismo, en su corazón latiendo y en la rítmica dilatación de sus venas. El tiempo parece detenerse, el objetivo se acerca. Su cuerpo se encuentra paralizado y reduce su velocidad mental. Ya no queda absolutamente nada en funcionamiento.

Perezosamente comienza a levantarse, pero no es él quien lo hace. Una confusa transparencia con brillo propio logra distinguirse en la habitación. Se escucha el silencio absoluto, el universo entero está en paz. El espectro lumínico identificado como su propio espíritu se acerca a la ventana y observa los deseos con arrogancia. Son ellos quienes ahora se encuentran perturbados y buscan consuelo.

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