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tundrario

Ponga huevo, mucho huevo, se oía desde las tribunas criollas, que esta tarde (sí, esta tarde) tenemos que ganar. Acompañaban el cántico algunos aromas, que a modo de agasajo nos conceden los atardeceres futboleros. Se distinguen entre ellos el del choripan y el del sudor, o también uno muy particular, como una especie de cóctel que hermana aquellas fragancias, proveniente de quienes ya han comido el choripan y que lentamente empiezan a expulsarlo del cuerpo agradeciendo a su organismo, destilando así aquel perfume de domingo que recorre las pieles curtidas por el sol, y en algunos casos, por la injusticia.

Después de una primera parte muy aburrida, los futbolistas se van al descanso. Cerca de quince minutos son concedidos para que el público además de brindar su aliento incondicional, pueda descansar un poco, comer algo, conversar, compartir pareceres sobre el juego exhibido por sus representantes. Algunos van al baño, otros hacen sus necesidades en las escaleras, no falta quien prende un cigarro de tabaco, ni quien fuma otra cosa.

Más tarde el juego se reanuda, los futbolistas se presentan en el verde césped y realizan vigorosos movimientos precompetitivos. En la tribuna, la gente se pone nuevamente de pie con algo de pereza, haciendo la digestión comienza lenta y tímidamente a entonar las odas que envalentonarán a los suyos en el segundo tiempo. La canción parece ser la misma pero no lo es, entre sudor y choripan, los hinchas despilfarran sensiblería artística y anuncian con oculta ternura que algo ha cambiado. Mientras descansaban y conversaban, el fútbol no lo era todo. Podían mirarse a los ojos, sonreír, y acaso también contemplar los pequeños detalles que nos regala la naturaleza, y el mismísimo cielo.

Se escuchó a la multitud corear, ponga huevo, mucho huevo, que esta noche (sí, esta noche) tenemos que ganar.

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Cálculos de gato. Mente de gato. Aquel estante de allá arriba, puedo llegar. Si con un movimiento súbito y fuerte, con un impulso correcto, con mis patas traseras perfectamente apoyadas, es necesario que mi base actual permanezca rígida, sea lo suficientemente estable para resistirme, es que aquel estante se ve tan tentador. Tendré que saltar, primero dejar caer mi pecho con la energía de mi torso suavemente hacia adelante, y en el instante en que me creo caer, en que la habitación completa se inclina, se vuelve una diagonal a la vista, no podré retirar mis ojos y mi proyección de aquel estante, tendré que saltar y en el aire seré libre. Volaré por un momento, lo haré de forma premeditada, como lo premedito ahora, lo meditaré al llegar. En el aire mi cuerpo será solo aire. Llegaré y con mis patas delanteras detendré la inercia con destreza, primero adelante, luego atrás, conteniendo el movimiento con suavidad. Implotará la velocidad en mi cuerpo, en mi columna flexible, en mi fe de gato, mi confianza en mis patitas silenciosas. Llegaré a aquel estante y lo observaré todo desde arriba. Seré feliz, descansaré y nadie podrá tocarme. Entonces bajaré una vez finalizada mi exhibición. Nuevamente en tierra firme y tradicional, para ronronear y frotarme con todos, espero que me feliciten o me acaricien pero sin pena, con movimientos de gato, y me iré nuevamente a refugiarme y premeditar y calcular mi nuevo movimiento de gato.

Solo por hoy, o mañana. Nada, una nada. Ser nada y un poco de todo. Paren esta máquina y que alguien me alcance un té. Uno negro, amargo. Quiero estar un rato en mi conciencia, en la que es parte del mundo, la que no soy yo ni mi pasado, la que no me hace ser lo que soy ni me etiqueta, ni me juzga, la que se vuelca por la ventana y se va a pasear, entre adoquines, personas, caricias, besos, carniceros y vendedores ambulantes, un poco de grasa, una nada mía que se esfuma en un aire espeso, húmedo, nadando o flotando, incorporando mi porvenir, mi próximo yo. Cuando lo sea decidiré volver a ser mi nada volátil, efímera, y no le permitiré a mi pasado volver a juzgarme. Me enfermo de esta manera, me quedo atrapado haciendo fuerza con catarro para sacar un grito limpio sin moco, cansado. Hola, cómo estás, quién sos, contame algo de vos, contame algo. De mi, qué te puedo contar, una anécdota, las odio, qué hacés, laburás, estudiaste, si, me recibí, y cómo no me lo dijiste antes, y qué se yo, para qué te lo iba a decir, es importante, y para qué es importante si yo no soy nada, si yo ahora soy solamente tu sonrisa, soy esta cerveza también, soy una nada que nado o floto a veces, un poco de todo.

Vino aquel día, estábamos bebiendo algo y me dijo: mirá lo que me salió acá. Tomó el labio inferior de su boca con sus dedos pulgares e índices y lo giró para exhibirme su interior. Pude observar una llaga muy grande y desagradable, se veía dolorosa. Emití sin intención un “sss” pero no hacia afuera, sino hacia adentro. Trasladé el aire desde el exterior al interior de mi boca colocando los dientes y mi lengua de tal modo que pude emitir ese sonido, el cual se puede interpretar informalmente como sensación de dolor imaginario, el que se proyectaba en mí justamente al ver su llaga. Tomó mi mano derecha con una sonrisa. Con su mano sobrante contrajo varios de mis dedos dejando sólo el índice extendido. Lo sujetó completo como si fuera una banana (por decir algo y no volverme fálico ni desagradable (tampoco había necesidad de volverme fálico, será que soy sencillamente desagradable)). A continuación volteó nuevamente su labio o más bien lo acomodó. Yo sentía un poco de temor, quise retirarme, pero ella sonriendo me tranquilizó. Colocó mi dedo enteramente sobre su llaga e hizo un poco de presión con él, y otro poco con su pulgar, comprimiendo justamente la llaga desde el exterior hacia la yema mi dedo. Lo frotó y lo frotó con movimientos circulares, me pareció algo muy doloroso e insoportable. Me soltó finalmente y sonrió. Gracias, me dijo. Yo seguía impresionado. Ehh… de nada, no sé, dije dubitativo. ¿Querés un cafecito y nos ponemos a trabajar, mejor?

  • Vení, mirá, tocá esto.
  • A ver, pará que ni te puedo ver.
  • Acá estoy, acercate despacito, guarda con la mesita de ahí.
  • Esperá que no veo nada.
  • Ahí estoy alargando la mano, te estoy por tocar, ya te agarro.
  • Ahí está, despacito.
  • Listo, vení sentate.
  • Ahí va, ya me estoy sentando. Perfecto.
  • Buenísimo, mirá ahora esto qué loco. Tocá.
  • Estoy tocando.
  • ¿Viste? Es muy extraño, es como suave pero al mismo tiempo tiene algo áspero, como poroso, o no sé, algo que no puedo terminar de explicar, nunca toqué algo así.
  • Yo tampoco la verdad. Es muy lindo de tocar, ¿Qué es?
  • No sé.
  • ¿Cómo no sabés? Estamos tocando algo que no sabés qué es. Se siente más raro todavía. Esperá que prendo la luz. Debe estar cerca de la puerta.
  • No, pará, no la prendas.
  • ¿Cómo que no?, ¿Y si es un animal letal?, puede ser muy peligroso.
  • No la prendas, dale.
  • Soltame, me estoy parando.
  • Vení, sentate de nuevo, no la prendas. Sentilo, dale, por favor, no necesitamos mirarlo ni saber qué es, no lo necesitamos.
  • ¿A vos te parece?
  • Me parece, en serio.
  • Bueno, pero si me ataca y pierdo la vida será tu responsabilidad.
  • Si eso sucede, le aviso personalmente a tu madre y me hago responsable de tu cadáver.
  • Listo.
  • ¿Sentís lo particularmente suave y extraño que es?
  • Si, la verdad que es muy extraño.

Este es el sabor del año nuevo. Un gusto en principio húmedo, caluroso, feliz. Una brisa suave que no resulta suficiente me roza y me envuelve de sueños nuevos, de nuevos principios, de recuerdos y alarma. Me dice despacio al oído que me encuentro otra vez en un punto de partida y que los deseos se pueden hacer realidad, sí, pienso, se pueden hacer realidad. Miro el cielo, las estrellas y degusto tiernamente un poco de ananá fizz, ¿Quién habrá comprado ananá fizz?, ¿Acaso alguien goza de beber ésto?, ¿Cómo es posible que siga existiendo? Me pregunto en silencio con una especie de alegría que me embelesa súbitamente. Mucha sonrisa, mensajes sensibles, a veces los siento propios, a veces no, pero me permito un total sosiego y respondo como si lo fueran, porque a estas horas de la noche vagan muchas almas dulces y ebrias buscando el delirio infinito por un momento, lanzando flechas virtuales que se agolpan por unas horas, para poder decir lo que durante el año y los tiempos de sobriedad, callan. Abrazo esas almas con la mía y me vuelvo cómplice del delirio con palabras que me avergüenzan y que también suelo callar. En una estrella resulta imposible no recordar a mi padre, y decirle despacito que se quede tranquilo, que por acá todos estamos bien, y su energía inmortal sigue en la mía, por más que el tiempo siga avanzando y cometiendo tropelías, alejándose de mi lentamente, brindándome experiencias en soledad que no podré compartir con él, y siendo más honesto, con nadie. Transcurre también borrando la imagen vívida de su rostro en mi rostro, olvidando sus gestos, sus consejos y su ternura difícil de comprender. El año nuevo será, si todo sale bien, un buen año, como todos los que han pasado. Brindo mirando al cielo y abrazo a quienes están aún conmigo. Feliz año, digo con una sonrisa en principio forzada pero que hago propia para sumergirme de forma definitiva en el espíritu de la brisa calurosa y el ananá fizz, el abrazo en familia, los buenos deseos, el delirio infinito, las palabras eternas, y mantecol por favor, que es un invento extraordinario.

Palabra que te palabra. Letra que te letra. Una tras otra. Danzan, como las sombras, son sombras proyectadas por ideas. Las ideas que te ideas. La vida en la vida, la muerte allá, detrás de las sombras, del mar, del horizonte. Y si podremos ver tal vez por allí, espiar detrás de donde no se ve, donde el mar nace, o donde muere, donde en principio o donde en fin. En fin. Dame, dámelo todo, embelésame. Embelésate. Ahora, justo ahora, y acá, justito acá. Algo que cambia, se transforma, no es parte de mi ni parte de nada, no es. Y si yo en realidad, y si vos en realidad, si mejor caminamos, por la playa mejor, de la mano. Si volamos, si vuelo, yo sé volar. Sé mirar y sentir el horizonte, créeme. Puedo saberlo todo, puedo ser mi ser, puedo cumplir mi misión, tengo misión, créeme. Me llamaron, he sido llamado, por ahí, desde allí, detrás, de lo que no se ve, de lo que se cree y se siente, de lo que no existe, de lo que ha pasado hace mucho, de lo que pasará y será. Yo acá, puedo escribir y decir, sentir y volar, créeme, y si no lo hacés no importa. Podés llorar, podés quedarte, olvidarme, no ser, verme partir y volar, hacia donde no sabés que puedo, pero puedo, créeme.

Con una cuchara las viejas rascan los laterales de las ollas. Así remueven de forma definitiva los desperdicios y el arroz quemado. Con esa misma cuchara sus miserias se convierten en basura.

Pasan después una lana de acero y la olla queda como nueva. Se quita la mugre para siempre y va a parar al cesto. La olla por su parte se ve reluciente y brilla pero recuerda, y con su superficie rascada añora silenciosamente los desperdicios y el arroz quemado.

Las viejas se sienten como nuevas y olvidan que mientras rascaban las ollas el tiempo siguió su camino inexorable hacia el delirio infinito y las palabras eternas, y así lo seguirá haciendo hasta formar parte del hierro que hace las ollas y las lanas de acero, y ser así rascadas por otras viejas.

Rojo, amarillo, verde.

Rojo, amarillo, verde.

Rojo, amarillo, verde.

La calle vacía, la noche cerrada, negra, de semana, la tormenta descomunal. La gente tiene sexo, mira televisión, bebe alcohol, pero por sobre todo duerme, como debe ser en los barrios humildes y trabajadores. Y el semáforo de Tapalqué, esquina Bruix, paciente y solitario.

Rojo, amarillo, verde.

Rojo, amarillo, verde.

Me gustaría estar en otra esquina, Callao y Corrientes, o 9 de Julio. Directores de orquesta de verdad, reflexiona el semáforo. O por qué no en la quinta avenida de Nueva York, o Broadway, o en Les Champs-Élysées, no me preocupa el francés.

Rojo, amarillo, verde.

Rojo, amarillo, verde.

Rojo, amarillo, verde.

Los autos no aparecen ni aparecerán, y la lluvia no cesa. Continúa inmerso en sus cavilaciones el semáforo de Tapalqué, esquina Bruix.

Rojo, amarillo, verde.

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