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tundrario

No tiene que tener sentido siempre, no todo tiene sentido siempre, porque si todo lo tuviera se convertiría de pronto en algo previsible y patético como lo son la mayoría de las cosas. Tampoco puedo explicarte todo, vos sencillamente dedicate a no ser nada, relajarte, a no leer cosas ya dichas, a no recibir descripciones redundantes ni aburridas. A concentrarte y nadar por lo desconocido e incierto, por expresiones nuevas, con herramientas trilladas, tal vez, pero que abren puertas a otros espacios, porque ya están todas abiertas, las conocemos, están y estarán ahí para siempre. Mejor otras, mejor crear puertas redondas, puertas de colores, que no tengan forma de puertas pero lo sean, y aunque sea difícil diseñar un detalle de encuentro de marco-contramarco-hoja, abrirlas sin dudar, ver lo que hay detrás, que me aventuro a decir que habrá otras y es posible que sean más extrañas, divertidas, profundas, de tipos desconocidos para nosotros pero que vale la pena conocer, ampliar el espectro de lo real, porque lo real es penosamente limitado, y por desgracia hace mucho tiempo que no se puede vivir ahí. Mejor puertas propias, claro, con la forma que quieras, yo no te voy a juzgar, nadie puede decirte nada, y quien lo haga, te lo dirá gritando de rabia nerviosa e insegura, muy despacito, sujeto a su marco, probablemente de su casa, de la cual no se permite o no puede salir. Vení conmigo, inventemos y abramos más, o ni siquiera, seamos lo suficientemente astutos como para crear cualquier cosa, que ya ni tengan forma de nada pero creamos en eso, que en definitiva no hay nada en que creer, y si debemos caer, por lo menos que sea de pie, con la frente alta de nobleza intacta, con valentía y dignidad, que sea con los huesos rotos, las tripas colgando por fuera y una sonrisa, bajo un dintel insólito o amorfo, bajo un marco imaginario, pero siempre cerquita, o mejor dicho abriendo, sí, abriendo una puerta propia.

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Río, de reírme y de río. Río a carcajadas, caudal de risas y cosquillas. De desesperación por momentos. Miro, de mirar a mi alrededor. Comparo, de perversiones y miedos. Observo, de hacerlo hacia arriba, hacia el cielo. En esa conexión visual está el infinito de un lado, y yo, del otro. Solo yo. Algunas nubes toman una forma de pipa, y expulsan humo. Eso lo dramatizan muy fácilmente, tal vez por eso eligen convertirse en forma de pipa y humo en lugar de ser un vaso de cerveza y cerveza. Conversamos. Así que vos allá. Te preguntás que hay acá: Pues nada. Me dijo una boca de nubes con tono de español neutro expirando nubes grises que se amontonaban densamente y buscaban llover. No lluevas todavía, le dije. Me gustaría primero poder tener ciertos conceptos más claros. Cómo cuales, como los del cielo, como los del buen vivir, y como los de este río y su caudal de risas nerviosas, que a veces lo encuentro completamente transparente y a veces negro. Pero si llueve, me dijo, si te lluevo ahora mismo en tu horrible cara, el río crecerá y desbordará. Te desbordará la cara de risas, o te ahogarás. Tal vez te alcance los pies y no tengas que mirar nunca más a tu alrededor, ni pervertirte, ni imaginarte que hay de este lado tampoco. Tengo miedo, suspiré de nuevo. Nunca vas a aclararme nada, siempre me dejás acá de este lado preguntándote lo mismo. Rió, la gran masa de nubes con forma de boca y de pipa, y me dijo que el acento de río, si se lo pasa de la “i” a la “o”, deja de ser río, y en vez de reírte vos, se ríen los demás. Exhaló más nubes con ambiciones artísticas que representaban muy bien al humo saliendo de una pipa, y se largó a llover.

Las tardes de lluvia son las favoritas del escritor de tangos Atilio Olivetti. El entorno se vuelve ideal para encerrarse sin remordimientos y poder desangrarse volcando su corazón en algún papel.

Lo que más estimula al escritor es justamente su sensación de resguardo. Tal vez porque esto le recuerda a su infancia, le recuerda a etapas de su vida donde la última palabra no le pertenecía. En aquellos tiempos se permitía equivocarse sin culpas, sabiendo que él mismo se convertiría en el único mártir de cualquier desacierto. Nadie se sentaría a su lado observándolo con exigencias, ni le pediría por su propia integridad que tome alguna decisión trascendente.

Atilio se sienta y se concentra en el ventanal, el cual se convierte en un escenario donde observa con nostalgia como el universo se derrumba su alrededor. Tal vez la atracción se produzca porque nadie suele exigir nada en los días de lluvia. El escritor de tangos podría estar horas gozando bajo en aquel estado de hipnotismo e inspiración.

Lo curioso es que a falta de días de lluvia, Atilio encuentra otra forma de simular aquella sensación. Por la mañana suele guardar sus pertenencias en su bolso, sin olvidar algún libro ni su cuaderno de anotaciones. Una vez cargadas sus pertenencias vitales, le gusta recorrer el centro de Buenos Aires. Allí camina con soltura observando a la muchedumbre moviéndose a velocidades desmedidas. Es entonces cuando se dirige hacia algún café que tenga un lugar libre cerca de la ventana.

Atilio se sienta y observa nuevamente el exterior como si fuera lluvia. No percibe otra cosa que pasos apurados por sus propias penas. El escritor se pregunta si su actitud está desprovista de nobleza o si aún conserva algo de dignidad.

Pide un café y continúa seducido por lo que sucede en el exterior. Esa dinámica que él jamás podría tolerar por su rebeldía tan lógica o tal vez por su cobardía. Lo cierto es que Atilio Olivetti está bebiendo su café y de reojo percibe una masa insaciable que no puede tocarlo ni exigirle absolutamente nada, creyendo nuevamente que se trata del propio universo derrumbándose a su alrededor. Se siente a resguardo, se siente fuerte, abre su cuaderno y vuelca allí su corazón.

A veces suelto así nomás el hilo conductor, que en mi casa vendría a ser una especie de soga conductora. Lo hago mientras la llevo cargada del hombro y la sostengo con mis dos manos, como replegando un cable muy largo o la manguera de la terraza después de regar los malvones. Cuando la suelto me resulta por momentos que mide exactamente un metro ochenta y tres centímetros. Puedo desplegarla en el piso y me acuesto a su lado. Qué linda soga, y buena, por cierto. Generosa, querible, fundamentada. Con el dedo gordo del pie puedo tocar un extremo, y con la punta de mis cabellos toco el otro. Ay, sonrío. Qué gran soga conductora, que buen camino determinado. La puedo ver entera, desplegada, percibiendo con el tacto de mi dedo gordo su comienzo, y con la nula sensibilidad de mi pelo, su final, o al revés. Me gusta replegarla, cargarla en mi hombro y dejarla justo donde va. Guardarla en un espacio guarda-sogas para poder apreciarla completamente mientras ceno y miro la televisión. El problema surge cada cierto período de tiempo, cuando voy a la terraza, tomo la soga y me decido a desplegarla en el piso y recostarme a su lado. Resulta que la voy desplegando y desplegando y es más larga. No encuentro el extremo adecuado para tocar con la punta de mi dedo gordo y me siento tan pequeño. Me gustaría sentirla como yo, que sea como yo. A veces se agranda, se cree más, se pierde en una medida infinita. Esos días se vuelve algo gris, la percibo triste. Me gustaría poder enojarme con la soga pero no tiene la culpa y encima es sólo una soga. No me queda otra que volver a guardarla y tratar de contenerla con cariño y de reojo por la noche mientras miro televisión.

  • Che, ¿venís esta tarde al parque? Vamos con Julián y Raúl.
  • Mmm no, mejor no, hace un calor terrible.
  • ¡Y si!, ¿cómo no va a hacer calor? si estamos en pleno verano, ¡no va a hacer frío!
  • No, no va a hacer frío. No dije que iba a hacer frío. Dije que hace calor.
  • ¡Y bueno!, ¿entonces?
  • Entonces, ¿qué?, ¿Vos te das cuenta que respondés una cosa completamente distinta? No te dije que no voy porque no sé cómo funcionan las estaciones o que no sé en qué hemisferio estamos, ni te pregunté la causa de porqué cuando hace treinta grados mi organismo reacciona sintiendo calor y sudando, ni tampoco porqué cuando siento el calor no puedo lograr la suficiente elevación mental-espiritual para obviarlo y sentirme cómodo. Te digo que no voy a ir. Te pido por favor que guardes tu incontinencia verbal y necesidad inconsciente de contradicción para responderme porque me deprime.
  • Bueno che, no era para tanto.
  • Estoy convencido de que sos la mujer más hermosa de todo el mundo.
  • Gracias, amorcito. – Dijo ella y se abalanzó encima de él descansando y escuchando su corazón.
  • No, en serio te digo, es objetivo lo que estoy diciendo. – Ella rió y lo miró a la cara, se acercó también para darle unos besos en la punta de la nariz.
  • ¿No me vas a preguntar por qué es objetivo? Es algo con bases teóricas válidas.
  • No sé si preguntar porque sos capaz de decir cualquier barbaridad, me gusta que tenga una base teórica igual, sería una especie de piropo técnico.
  • Claro, tecnicismo puro, no te voy a andar diciendo que sos la más hermosa del mundo y no lo sos, de todos modos mi base teórica es bastante pobre.
  • A ver.
  • A ver, ¿Quién es la mujer más hermosa del mundo? Decime.
  • No sé, es una pregunta difícil.
  • Te pido por favor que no menciones actrices estadounidenses.
  • ¿Por qué?
  • Porque me cansan y son siempre las mismas, ¡como si los yanquis hubieran inventado la belleza!, además de que no son los mejores exponentes.
  • Bueno, justo estaba pensando en Scarlett Johansson. Dale, tiene que valer. Es la que dicen todos.
  • Bueno, te la voy a aceptar pero podrás ver, mi teoría objetiva se basa en que en principio la belleza es completamente subjetiva, con lo cual, la mujer más hermosa puede variar, o no existe, o existen muchas. Con esta base, vos podrías ser perfectamente la más hermosa del mundo con fundamentos objetivos. La objetividad es la evidente subjetividad. Además, siendo directos, vos sos más linda que Scarlett Johansson. Ella tiene fama nomás y talento.
  • Eh, ¡yo también tengo talento!, y muchos.
  • Bueno, sé que tus ñoquis con tuco son mejores que los de mi vieja, y que el ruidito que hacés con la lengua es único, pero ella tiene otros de mayor reconocimiento popular, digamos.
  • Y tengo mucha fuerza en los brazos también, y soy más inteligente que vos.
  • Y tenés mucha fuerza en los brazos, es cierto, y sos más inteligente que yo. De todos modos me estoy centrando en que sos más linda que Scarlett Johansson.
  • Eso es porque estás enamorado de mi. Tal vez confundís mi carisma con mi belleza – Dijo ella y le dio otro beso en la punta de la nariz con una sonrisa.
  • Mira esa sonrisa que tenés, ¿vos creés de verdad que no puede ser tranquilamente la más hermosa del mundo? Mostrame una sonrisa de Scarlett, ¿dónde está el teléfono?
  • Sos un dulce de leche cuando querés, me hacés poner así toda así aunque digas cosas tan aburridas y pésimas.
  • Eso es porque estás enamorada de mí.

En el valle todo es más fácil y posible. ¿Vos sos malo o sos bueno?, soy malo, muy malo. ¿Y quiénes son los buenos? No existen los buenos. Existen los malos honestos, que no son hipócritas y te vuelcan su maldad en la cara. ¿De verdad creés eso? No sé. Puede ser. No te creo. Yo tampoco sé. Yo si, yo no. Y ahora te pregunto. ¿Quién pregunta? Yo te pregunto. ¿Y quién sos vos?, ¿sos el fundamentalista de lo malo o el curioso? Yo. Punto. Mirá que venir a tener esta conversación de boludos. Si la bondad no existe, ¿quién hace el bien? Y si quien hace el bien siente un malvado placer al hacer el bien, ¿dónde está el bien? No lo sé, tal vez esté solamente en los malos que no le temen a nada y al menos tienen la nobleza de tolerar el deseo y el placer de mentirte para decirte la verdad. Sólo por ellos mismos, por orgullo o por su respeto a Dios. Uno interior, de los que no castiga. Puede ser.

  • Qué tal, Amancio Rivarola, ¿cómo sentiste el partido?
  • Bien, muy bien. Creo que fuimos sólidos atrás, supimos manejar los tiempos sin desesperarnos, y merecimos la victoria.
  • ¿Qué tenés para decirle a la gente que ya se entusiasma con ganar el campeonato?, ¿se asumen como candidatos?
  • Sí, bueno. Vamos despacio, tranquilos. Sabemos que si hacemos las cosas bien podremos darle una alegría a la gente, no tenemos que desesperarnos.
  • Entiendo, no hay que desesperarse, pero, ¿saben lo importante que es, no?
  • Si si, claro, sabemos que es muy importante y queremos darle una alegría a la gente.
  • No sólo una alegría, todos van a llorar con esa alegría. ¿Saben que es a vida o muerte, no?
  • Si si, es a vida o muerte, claro, lo sabemos. Es muy importante todo lo que viene en el campeonato.
  • No sólo muy importante, es fundamental en tu vida, ¿sabés bien eso, no?
  • Si, claro, en mi carrera lo que quiero es poder ganar este título y seguir creciendo.
  • Además de tu vida, en la mía también. Deseo muchísimo que ganen el campeonato, y si no lo ganan, seguramente me pondré a llorar muy intensamente y a desear tu muerte. Al otro día me dedicaré a humillarte a través de los medios como una nena chiquita. ¿Sabés eso, no? Haciéndote responsable a vos, que tenés treinta años menos que yo, de las cosas importantes en mi vida, como debe ser, ¿entendiste, no?
  • Claro, si si, es muy importante, y seguramente queremos además de darle una alegría a la gente, a la prensa también, a vos, y a todos.
  • Es más importante que tu familia este campeonato, ¿sabías, no?
  • Si si, claro, más importante que todo.
  • ¿Vos amás la pelota, no?
  • Claro, si si, la amo.
  • ¿Querés realmente más que nada en el mundo salir campeón, no?
  • Si si, quiero eso más que nada en el mundo. Más que todo, es lo máximo.
  • ¿Me amás a mi también, no?
  • Si, claro, te amo mucho. Es muy importante.
  • Y si no salís campeón, ¿sabés que tenés que hacer, no?
  • Si si, claro, suicidarme, claro. Es muy importante esto.
  • ¿Pero suicidarte así nomás?
  • No no, claro que no. Con mucho dolor, destruirme. Primero arrancarme la piel y los ojos y morir lentamente. Pedirte disculpas a vos también. Es muy importante, queremos ganar para toda la gente.
  • Y arrancarte los testículos te olvidaste.
  • Si si, los testículos también. Morir de la peor forma posible. La peor de todas, me lo voy a merecer por inútil si no salimos campeones. Sos muy inteligente e interesante, sos un gran periodista, muchas gracias.
  • Bueno muy bien por hoy. Acá desde el estadio, Amancio Rivarola ha manifestado sus deseos de ganar y que está muy fuerte mentalmente, sabe bien lo que vale este campeonato. Volvemos a estudios.

Entré al subte haciendo algo de fuerza en la estación de Congreso de Tucumán, línea verde. Hacía un calor terrible y no había aire acondicionado. Me esperaban cerca de cuarenta minutos hasta el centro. Entré imaginando la porción de pizza de Las Cuartetas que me iba a comer en la mesita chiquita de mármol. Por favor, no hay otra más rica en el mundo, de verdad que no la hay. De todos modos, el presente inmediato se mostraba menos alentador, y tristemente no podía encontrar aún rastros de mozzarella. Completamente sofocado, un señor de traje me miraba con un gesto de desagrado. No quise ser menos y se lo devolví emitiendo en secreto mi crítica social a los personajes de su especie. Él me paró en la vereda de enfrente, y yo claro, orgulloso. Maletín, traje, camisa sudada, subte, estrés, y para dónde, ¿para dónde, eh?, seguramente para un agujero bajo tierra, ¡gil! Cara de todo eso le puse. Al otro lado una mujer algo enojada, tenía los pelos atascados en otro muchacho joven que estaba de espaldas con unos auriculares de dimensiones sensiblemente preocupantes. Todo era angustiante. Ese pegote del que uno no puede escapar y tantas cosas. ¿Podré ir de otra manera?, ¿tendré que ir?, ¿y si me voy a la mierda? Pero una buena, sin olor. Listo me voy a vivir a una playa a beber de un coco algún tipo de jugo fresco y saludable, para poder sacarme selfies envidiables toda la vida. Pará, tranquilo, si sólo hubiera aire acondicionado no sería grave. Algunas líneas ya tienen, por ahí de acá a un par de años lo tienen todos los subtes, incluso la línea D. Sumido en un hipnotismo triste, miraba por la ventana y evaluaba mi capacidad visual descubriendo si podía leer los títulos de los libros que vendían en el puestito subterráneo: Las mil y una noches, ay mi madre, qué conmovedor. Si hace no tanto fue que Solimán el magnífico llegaba a las puertas de Viena de la mano de Alah, señor todopoderoso, creador y escudo del universo. La montaña mágica, a su lado, seguramente con las enseñanzas crudas para toda una vida de Settembrini, y su duelo a muerte con Naphta, que me encogió el corazón. Un poco más a la derecha Las armas secretas de Julio Cortázar, todavía recuerdo como un fuego el estar leyendo “el perseguidor” y tener que detenerme para reflexionar y digerir la sensación de estar frente a una obra maestra pura de la especie humana. Pasemos a otra parte sin tantos clásicos: Cómo vivir mejor, Aprender a perdonar. Me puse a pensar qué título le pondría a mi libro de autoayuda. Barajé algunos del tipo: “La única salida es morirse ahora mismo y creer en Dios” o “Cómo agarrarse los ojos con las manos y meterse las lágrimas para adentro hasta que nos implote el estómago o nos tiremos un pedo que nos desgarre el esfínter anal y así aliviar nuestras penas por siempre”. Este último me gustó mucho. Sería un éxito. De pronto entre sudor y trajes, entre silencios húmedos y estrés, unos ojos. Una joven, muy hermosa, por cierto, caminando cerca del puestito de diarios encuentra con su mirada, la mía. Me quedo mirando. Qué linda… la mirada se vuelve de pronto algo incómoda, pero yo no abandono, claro, vamos a plantarnos acá mirando muy fijamente hasta que sea lo que tenga que ser. Continuamos, y la muchacha no se dispersa, la sigue. Ante semejante embestida de belleza mezclada con osadía, se me escapa sin querer una sonrisa justo, tan justo que se me escapa cuando ella desaparece de mi campo visual y atraviesa caminando un sector del andén obstruido para mí por el lateral ciego del vagón entre las ventanas. Ay que pena. Una gran pena. Sigo con mi proyección visual láser el recorrido imaginario de la chica tan linda calculando minuciosamente su movimiento temporal-espacial basándome en observaciones empíricas de su velocidad y aceleración, aunque cuando la vea de nuevo, estará prácticamente de espaldas. Podría decir que fue un triunfo, una mirada que permaneció fijada aún en momentos de incomodidad. Ya casi que aparece de nuevo, ya casi que casi, y ahí está. Caminando hacia el-más-para-allá, con su cuello girado, volteada, mirándome a los ojos, y para colmo, con una sonrisa. La que me quedó debiendo de la ventana anterior, y que me devuelve ahora con creces, intereses exorbitantes de lebacs controlando la inflación y un escozor feliz, casi de amor y de pena. Ay me caso. ¿Me casaría de verdad o no? Yo creo que sí, me quedé cavilando entre sonrisas alegres desde Congreso de Tucumán hasta 9 de Julio.

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