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tundrario

Este texto, tan humilde y bruto, va para los periodistas argentinos de este mundial, sí, para ellos, los que no tienen vergüenza. ¿Saben qué?, ¡sientan vergüenza! El fundamento “es mi trabajo” no vale muchachos, ¿saben por qué? Porque la esencia de su trabajo es la vergüenza misma. Vivir del hablar de otras personas, ¿no les llega a dar lástima por ustedes mismos? Hablar de los que crean, de los que vinieron al mundo para aportar una obra, enojarse con futbolistas. ¡Enojarse con un tipo que quiere hacer algo y no le sale! ¿Pero no nos dimos cuenta? No vemos que gordos de sesenta años sentados en mesas se enojan y lloran como pequeños niños hablando de pibes que tienen treinta o cuarenta años menos que ellos. Los hacen responsables de su felicidad, ¡nos quieren hacer creer a nosotros que esto es así! No es así. ¿No resulta surreal y vergonzoso todo esto?, ¿pero es que nadie se da cuenta y nos sumamos para denostar a unos pibes que lo único que les gusta es jugar a la pelota, que decidieron que la vida era jugar, y en una de esas, que alguien se ponga contento con eso?, ¿y nuestro país? Enojo, furia, pero muchachos, las frustraciones para adentro, para nosotros mismos. ¿Ahora vamos a hacer responsable a un pibe de veinte años de nuestros fracasos y miedos?, ¿y encima siguiendo a los gordos sentados en la mesa de los frustrados? Por qué no miramos un partido tranquilos y si ganamos, ganamos, compartiremos sonrisas, abrazamos, y si perdemos, brindemos con cariño por quienes quisieron ganar y no se pudo, che, no se pudo porque no se puede ganar siempre. Nos hemos enfermado, nuestro país se ha enfermado con este juego, que sigue siendo bonito, que no debemos culpar, sólo debemos culparnos a nosotros mismos por tener miedo a enfrentar la vida, por acompañar a los gordos miserables y cobardes de la mesa de los frustrados. Hagamos que por lo menos sientan vergüenza, sí muchachos. Hagamos que lo sientan, que no tienen razón, que la vida que llevan es indigna. Sientan vergüenza, su trabajo es en sí mismo vergonzoso y cobarde. Vayan a hacer algo por sus vidas más noble, sientan responsabilidad por el espacio que ocupan. Generan opinión pública con discursos de odio, de ¡enojo!, ¡pero qué enojo!, ¿con Messi?, ¿con un equipo de fútbol? Sientan vergüenza por favor, siéntanla, mírense a ustedes mismos y sientan cómo su vida ha terminado en un fracaso absoluto. Cómo son en parte responsables de llevar a nuestro país al fracaso eterno, mintiéndole a la gente. Que su paso por este planeta muchachos, ha sido vano. Enójense por algo más noble, por la miseria y el hambre, por la injusticia, por la gente que sufre o enójense con ustedes mismos, por ser tan cobardes, tan patéticos, ser tan gordos sentados en la mesa de la frustración. Que haya renovación en el fútbol argentino, sí, por favor, empecemos por todos los periodistas que comienzan sus programas con tono dramático, ¡dramático!, transmitiendo drama a la gente humilde, confundiéndonos, haciéndonos creer que el fútbol ocupa este lugar de drama principal en la vida sólo por ganar un poco de dinero, entendiendo el negocio del amarillismo jugando con la gente, por favor detengamos esta enfermedad miserable antes de que sea incurable, al fútbol se lo disfruta, y si no supimos disfrutarlo, que no haya fútbol. No es un drama y menos si ese drama nos lo inventan los gordos cobardes de la mesa de los frustrados.

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  • ¡Amigo humano! – Tronó inesperadamente el Hombre Inteligible, quien se complace en amontonar las nubes.
  • ¿Qué sucede? – Respondió sorprendido el Hombre Ordinario, alumno de naturaleza mortal.
  • Disculpa la molestia, es que me he enterado de que con el desarrollo de la ciencia están preparando un viaje a Marte. ¡Ay amigo humano!, qué raza más simpática, realmente me llenan de ternura. En el Olimpo siempre hablo de ustedes y nos morimos de la risa. Morir en forma metafórica, comprenderás, no sólo porque se suele usar el dicho, sino porque además, ya sabrás que yo no cuento con esa facultad. De todos modos, ¡Sigan adelante, muchachos! No aflojen.
  • Gracias amigo Inteligible, deidad absoluta, les haré llegar a los hermanos de la ciencia tu mensaje. Me alegra mucho tu visita.
  • ¡Hasta luego! – Dijo con simpatía el Hombre Inteligible, quien en prudencia iguala al terriblísimo Zeus Crónida, y regresó al Olimpo.

Me gusta cuando una roca se desprende de un acantilado y cae al mar. Me gusta por decir algo. Me atrae lo injuzgable y pequeño, lo que no puede generar una opinión, y mucho menos el rechazo de los cobardes. Todos podemos actuar como personas fuertes en esos momentos. La fortaleza está justamente en observar la roca caer al mar, y a partir de su caída, buscar la creación personal de algo aún más maravilloso que esta roca pero sin comparaciones. Si todos pudiésemos dejar de juzgarnos unos a otros, de hacerlo con acciones, opiniones, y simplemente fuésemos todos fuertes. Tomando lo que nos gusta y simplemente dejando ir lo que no. Utilizar la belleza obtenida para crear algo hermoso, al menos para nosotros, y que los demás puedan tomarlo si les gusta, o ignorarlo dulcemente en caso contrario. La roca cae suave y se vuelve impune por su honestidad, por su imposibilitado razonamiento que despierta suspicacias. Si no hubiese mentiras ni canalladas, quien hiciese algo horrible, lo haría por lo menos honestamente, y en aquel caso sería también impune al juicio ajeno, lo haría tan sinceramente que sería hermoso. Todos haríamos algo bello, sin miedo ni juicio. Todos seríamos una roca que se desprende suavemente y voltea su cuerpo, mira hacia arriba, al costado, que abre sus brazos para percibir mejor el viento por todo el cuerpo, expresando lo que se nos dé la gana. Habría otras rocas cayendo también, haciendo exactamente lo mismo. Nos miraríamos  con una sonrisa suave, sosegada, de respeto a cada uno en su caída, sin miedos ni juicios. Imitaríamos la belleza de las otras rocas cayendo, que hacen firuletes bonitos, y no nos importarían las que hacen otros movimientos más grotescos. Seguramente lo harían con ojos cerrados y sonrisa de placer, de caer toscamente a su antojo. Quisiera un mundo así, de caídas suaves y honestas, de volar hacia abajo, de aprovechar ese instante tan pequeño de vida, del desprenderse de una eternidad en la tierra, para recibir otra eternidad bajo el misterio del océano, atravesar la línea precisa del aire con la del agua, como rocas que caen de un barranco al mar, y permanecerán allí para siempre.

La voz dice cosas.
La voz dirige los pensamientos de los hombres.
Los hombres sienten temor y no desean escuchar la voz.
La voz es más fuerte.
Su impulso se focaliza en ideas de pánico.
El terror es sembrado con palabras sagaces.
La voz divide a los hombres y los enfrenta.
El caos está instalado, la voz goza.
Miradas trémulas se distancian.
La voz, ahora estentórea, da inicio a la guerra.
Los hombres pelean y lloran.
La voz ríe.

– ¿Quién es aquel?
– Es Miguel, el del tobillo roto.
– ¿Así le dicen?
– Si.
– ¿Y qué hace?
– Va por la vida con su tobillo roto.
– ¿No se lo cura?
– Jamás.
– ¿Y cómo hace para seguir así?
– Sigue viviendo pero grita de dolor todo el día.
– ¿En serio?
– Si, claro. Cuando camina y pisa con su tobillo roto (el derecho) se lo puede escuchar. ¡Ay!, ¡ay!, ¡ay! Muy rítmico. Suena hasta lindo.
– Increíble.
– Muy. Cuando corre es más divertido. Un rápido ¡ay-ay-ay-ay!
– Es muy digno y noble de su parte vivir así.
– Si, realmente, muy digno y noble.
– ¿Y cuando se para con los dos pies juntos?
– También dice “ay” pero se nota que lo hace al cincuenta por ciento del volumen tradicional.
– Oh, muy lógico.
– Ciertamente.
– ¿Es vecino tuyo?
– Si, vive acá de toda la vida, hace cerca de doce años que se quebró el tobillo.
– Impresionante. ¿Y teniendo sexo?
– Por lo general nada, callado, no tiene que usarlos en la cama. A veces igual se ve que le gusta explorar con la mujer alguna particularidad y se lo escucha. ¡Ay!, ¡ay!, a veces al cincuenta por ciento, a veces interrumpido. Lo peor es cuando se le da por hacerlo en la cocina, se escucha desde el patio este de atrás. A veces creo que se para sólo con su tobillo roto a propósito. Dicen que a la mujer le gustan mucho sus gritos, y hasta la ponen… imaginarás.
– Sorprendente.
– Ciertamente. Su mayor concierto lo hace andando en bicicleta.
– ¿Cómo es eso?
– Cuando no hace ningún tipo de presión con su tobillo derecho sobre el pedal, queda en silencio, pero muy suave y gradualmente va haciendo fuerza para hacer girar los pedales. Entonces se logra escuchar como el “ay” empieza desde cero alcanzando un crescendo hermosísimo hasta su máxima expresión. Una vez ahí, vuelve muy gradualmente a callar. Es realmente conmovedor. Disculpame si me emociono contando esto.
– No, está bien, se entiende. Es muy conmovedor.

– Pasame el fuego.
– ¿Por qué?
– Pasalo, dale.
– Pero, ¿para qué?
– ¿Para qué va a ser? Me quiero fumar un cigarrillo.
– Mirá qué casualidad, yo también quiero fumar un cigarrillo.
– Dale, pasame.
– ¿Tenés un cigarrillo?
– Si, pasame el fuego.
– ¿Y por qué mejor vos no me pasás tu cigarrillo?, ¿siempre yo?
– No, dale gil, pasame el fuego.
– Explicame por qué no podría ser al revés.
– Porque yo tengo un cigarrillo que compré con mi plata.
– Yo también compré mi encendedor con mi plata.
– No es lo mismo porque mi cigarrillo se consume inmediatamente y deja de existir.
– El gas de mi encendedor también se consume y deja de existir. Pagué por ese gas.
– Pero es mucho más caro un cigarrillo en proporción al pequeño gasto que harías prestándome el encendedor.
– Con ese criterio, ¿te puedo pedir una rueda de tu auto para mi auto, porque mi auto vale mucho más que tu rueda?
– No, porque ya la rueda vale mucho. El punto es que pedir algo que vale muy poco, ni una moneda, está bien visto pedirlo socialmente. No tendrías por qué negarte.
– ¿Tu pelo cuánto vale?
– ¿Mi pelo?
– Si, tres pelos tuyos.
– No sé, no creo que mucho.
– Bueno dame tres pelos y yo te presto mi encendedor.
– Te los daría pero además de considerar el valor de las cosas, tiene un condicionante extra que es el dolor. Me duele arrancarme tres pelos.
– Entonces socialmente se pueden pedir prestadas cosas que sean muy baratas y que no duelan físicamente.
– Podría ser.
– Entonces, ¿podría usar una tijera y cortarte unos pelos por ejemplo? Con eso solucionaríamos el condicionante extra que es el dolor.
– Pero, ¡para qué querés mis pelos! No me dolería pero además el condicionante sería cierto cambio estético que no estoy dispuesto a… mirá, mejor. Vos dame el encendedor y yo te doy un cigarrillo, ¿te parece?
– Me confundís, pensé que no era válido a partir de la normas de diferencia de valor.
– Si, si, pero somos grandes amigos y es un acto de generosidad, pasame.
– Tomá.
– Te agradezco.

  • Tus ojos azules son objetivamente maravillosos. Parecen tener unas sutiles pinceladas de verde también, como una esmeralda, o como el cielo, o como el mar infiltrado en compañía del sol, con una complicidad pícara en un bosque de alerces antiguos y exóticos arrayanes exhibiendo orgullosamente un color canela.
  • Gracias, pero no son míos. – Respondió ella con sinceridad. Se los quitó y los dejó sobre la mesa.
  • – Respondió él algo sorprendido al ver que la chica podía quitarse los ojos. – Bueno tu nariz respingada. ¡Es tan extraordinaria!, si al ver tu perfil recuerdo a la dulce Atenea, diosa de ojos de lechuza, descansando en el inmortal Olimpo.
  • Te agradezco de nuevo, pero tampoco es mía. – Dijo la chica y con un movimiento, se quitó también la nariz y la dejó sobre la mesa. El hombre completamente azorado tomó sus manos.
  • Estas manos, tan tersas, tan suaves e inefables. Apuesto mi vida entera y la de mis pares a que son las causantes de la más dulces y excelsas caricias de todo el mundo.
  • Gracias de nuevo, respondió ella, pero imaginarás… Y con un movimiento de brazos y codos, se quitó sus manos y las dejó también, en la mesa.
  • Tu boca, carnosa en el centro, y enjuta en sus extremos, hecha para besar, color rojo carmín. Que dibuja acaso la sonrisa más maravillosa que nuestro Dios ha sido capaz de crear.
  • – Dijo ella. Y se quitó la boca, dejándola sobre la mesa.
  • Entonces tu voz. – Dijo él, trémulo. – Tu hermosa voz que expresa con tanta dulzura lo que sucede en tu sensible ser, tu tono tan calmo que sólo puede transmitir paz al alma y alegría al corazón.

No tiene que tener sentido siempre, no todo tiene sentido siempre, porque si todo lo tuviera se convertiría de pronto en algo previsible y patético como lo son la mayoría de las cosas. Tampoco puedo explicarte todo, vos sencillamente dedicate a no ser nada, relajarte, a no leer cosas ya dichas, a no recibir descripciones redundantes ni aburridas. A concentrarte y nadar por lo desconocido e incierto, por expresiones nuevas, con herramientas trilladas, tal vez, pero que abren puertas a otros espacios, porque ya están todas abiertas, las conocemos, están y estarán ahí para siempre. Mejor otras, mejor crear puertas redondas, puertas de colores, que no tengan forma de puertas pero lo sean, y aunque sea difícil diseñar un detalle de encuentro de marco-contramarco-hoja, abrirlas sin dudar, ver lo que hay detrás, que me aventuro a decir que habrá otras y es posible que sean más extrañas, divertidas, profundas, de tipos desconocidos para nosotros pero que vale la pena conocer, ampliar el espectro de lo real, porque lo real es penosamente limitado, y por desgracia hace mucho tiempo que no se puede vivir ahí. Mejor puertas propias, claro, con la forma que quieras, yo no te voy a juzgar, nadie puede decirte nada, y quien lo haga, te lo dirá gritando de rabia nerviosa e insegura, muy despacito, sujeto a su marco, probablemente de su casa, de la cual no se permite o no puede salir. Vení conmigo, inventemos y abramos más, o ni siquiera, seamos lo suficientemente astutos como para crear cualquier cosa, que ya ni tengan forma de nada pero creamos en eso, que en definitiva no hay nada en que creer, y si debemos caer, por lo menos que sea de pie, con la frente alta de nobleza intacta, con valentía y dignidad, que sea con los huesos rotos, las tripas colgando por fuera y una sonrisa, bajo un dintel insólito o amorfo, bajo un marco imaginario, pero siempre cerquita, o mejor dicho abriendo, sí, abriendo una puerta propia.

Río, de reírme y de río. Río a carcajadas, caudal de risas y cosquillas. De desesperación por momentos. Miro, de mirar a mi alrededor. Comparo, de perversiones y miedos. Observo, de hacerlo hacia arriba, hacia el cielo. En esa conexión visual está el infinito de un lado, y yo, del otro. Solo yo. Algunas nubes toman una forma de pipa, y expulsan humo. Eso lo dramatizan muy fácilmente, tal vez por eso eligen convertirse en forma de pipa y humo en lugar de ser un vaso de cerveza y cerveza. Conversamos. Así que vos allá. Te preguntás que hay acá: Pues nada. Me dijo una boca de nubes con tono de español neutro expirando nubes grises que se amontonaban densamente y buscaban llover. No lluevas todavía, le dije. Me gustaría primero poder tener ciertos conceptos más claros. Cómo cuales, como los del cielo, como los del buen vivir, y como los de este río y su caudal de risas nerviosas, que a veces lo encuentro completamente transparente y a veces negro. Pero si llueve, me dijo, si te lluevo ahora mismo en tu horrible cara, el río crecerá y desbordará. Te desbordará la cara de risas, o te ahogarás. Tal vez te alcance los pies y no tengas que mirar nunca más a tu alrededor, ni pervertirte, ni imaginarte que hay de este lado tampoco. Tengo miedo, suspiré de nuevo. Nunca vas a aclararme nada, siempre me dejás acá de este lado preguntándote lo mismo. Rió, la gran masa de nubes con forma de boca y de pipa, y me dijo que el acento de río, si se lo pasa de la “i” a la “o”, deja de ser río, y en vez de reírte vos, se ríen los demás. Exhaló más nubes con ambiciones artísticas que representaban muy bien al humo saliendo de una pipa, y se largó a llover.

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