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tundrario

No se escuchan más que algunos grillos nocturnos por las calles de la ciudad. Los automóviles reposan y la mayoría de los porteños también, salvo uno. Pueden oírse con sutileza unos pasos firmes que perduran en el tiempo y buscan la eternidad; se hace presente en esta escena el extraordinario escritor de tangos que ha dado la ciudad de Buenos Aires. Estamos hablando, claro está, de Attilio Olivetti.

Acompañan sus pasos rimbombantes un sinfín de cavilaciones. Espera, una vez más, encontrar su mejor tango aquella noche. Tal vez a la vuelta de la esquina lo esté esperando, tal vez al final de la calle, tal vez será en el cielo. Piensa el escritor si ha llegado la hora de considerar la posibilidad de que aquel tango no exista, ¿Será posible entonces, que aquella obra de arte perfecta no se le presente jamás? Reflexiona con alguna indisimulable congoja, y busca descubrir cómo se debe proceder en dicho caso, utilizando el sentido de la lógica en su más excelsa expresión.

Un “plan B”, dice de pronto, como una especie de aparición espectral, ¿Será un plan B la solución?, continúa caminando, da unos pasos, y fuma un poco de tabaco. No puede ser, el plan B no es la respuesta. El camino alternativo es un camino cobarde, es una variante que utilizan tal vez quienes se encuentran perturbados por el miedo, y así fracasan, y así su plan B se convertirá en el A, para generar otro plan B y dar paso finalmente a una sucesión de derrotas ignoradas hasta la hora signada del último suspiro.

Qué vida tan horrible, piensa, y percibe finalmente que buscar una alternativa no es la solución, ¿Y lo es entonces, continuar buscando aquel mejor tango?, ¿Y si no existe? Vuelve a considerar su primer premisa. En caso de fallar, el fracaso será más rotundo, más insoportable, será la esencia de la muerte. No lo sabe nuestro querido escritor de tangos y piensa que tal vez no lo sepa nunca. Su camino se percibe difuso bajo una niebla espesa; sigue caminando.

Descubre finalmente que siempre podrá aferrarse a una única certeza: nunca dejará de caminar. Sonríe con un sarcasmo genuino. Saca otro cigarro y lo enciende; dentro de la niebla se pierde en secreto la silueta de Attilio Olivetti, el extraordinario escritor de tangos que ha dado la ciudad de Buenos Aires.

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Volando descubrí lo bueno de volar. Arrastrándome descubrí el deber de volar. Callado y en silencio reflexioné sobre las razones de la existencia y no las determiné. En el aire percibí el viento, y en él las razones, y en las razones una vida vivida, y en la vida vivida un futuro incierto, pero real y digno.

Los dedos rozando el teclado. Apretando letras. Letras que formen palabras. Que las palabras sean como yo mismo. Letras, palabras, yo. Como parte de mi cuerpo. Triangulación tiki-tiki. Como el futbolista, como el futbolista, que hace jueguito, jueguito, jueguito. Que la pelota taka-taka, que la pelota arriba y abajo y paz. Paz en el pecho, control total de la pelota, la pelota es el jugador. Yo soy las palabras, yo taka-taka, suelto, om, om, ommm. Ni siquiera dejo pasar que el pensamiento se construya en mi mente porque para construirlo lo hago con las palabras. Puro, desde el fondo. Te lo doy desde el fondo porque sino, porque sino le pifio, le pifio, la pelota se cae, la pienso, llego o no llego, puedo hacer más jueguito, me pregunto, se cayó la pelota, se cayó porque la pensé, y las palabras se caen, se caen, se caen cuando las pienso, pienso, cuando las pienso, las palabras no son palabras, las palabras soy yo, el teclado, mis dedos tiki-tiki, mis manos, nervios, cabeza, yo, yo mismo, así, om, om, ommm.

Río, de reírme y de río. Río a carcajadas, caudal de risas y cosquillas. De desesperación por momentos. Miro, de mirar a mi alrededor. Comparo, de perversiones y miedos. Observo, de hacerlo hacia arriba, hacia el cielo. En esa conexión visual está el infinito de un lado, y yo, del otro. Solo yo. Algunas nubes toman una forma de pipa, y expulsan humo. Eso lo dramatizan muy fácilmente, tal vez por eso eligen convertirse en forma de pipa y humo en lugar de ser un vaso de cerveza y cerveza. Conversamos. Así que vos allá. Te preguntás que hay acá: Pues nada. Me dijo una boca de nubes con tono de español neutro expirando nubes grises que se amontonaban densamente y buscaban llover. No lluevas todavía, le dije. Me gustaría primero poder tener ciertos conceptos más claros. Cómo cuales, como los del cielo, como los del buen vivir, y como los de este río y su caudal de risas nerviosas, que a veces lo encuentro completamente transparente y a veces negro. Pero si llueve, me dijo, si te lluevo ahora mismo en tu horrible cara, el río crecerá y desbordará. Te desbordará la cara de risas, o te ahogarás. Tal vez te alcance los pies y no tengas que mirar nunca más a tu alrededor, ni pervertirte, ni imaginarte que hay de este lado tampoco. Tengo miedo, suspiré de nuevo. Nunca vas a aclararme nada, siempre me dejás acá de este lado preguntándote lo mismo. Rió, la gran masa de nubes con forma de boca y de pipa, y me dijo que el acento de río, si se lo pasa de la “i” a la “o”, deja de ser río, y en vez de reírte vos, se ríen los demás. Exhaló más nubes con ambiciones artísticas que representaban muy bien al humo saliendo de una pipa, y se largó a llover.

A mi dame siempre la calle. Dame siempre el subte y el bondi. Dame personas que pueda alcanzar con un golpe visual mientras recorro la ciudad, y auriculares también, para no oírlos, para crear una escena melancólica o alegre, o gris, y ver con suerte algo que no exista. Dame jóvenes que ardan con sueños reales y futuros inciertos. Dame una ventana para descubrir peatones que rían, dame bondad para creer en ellos. Quiero también un rayo de sol que filtrándose por la ventana me ilumine, y así podría mirarme finalmente a mí mismo y sentir al menos por un precario momento que soy parte y que pertenezco a los jóvenes que arden con sueños reales, a los peatones que ríen. Dámelo todo, y dámelo en la calle.

– Che, ¿Vos cuántos años cumpliste? – Preguntó Diego apoyando sus antebrazos en el parapeto de la ventana, prendiendo un cigarrillo.
– Veintinueve – Respondió Julio sencillamente echado en el sofá. Si te querés burlar, me falta para los treinta, jovatín.
– Bueno ya pasaste los veintisiete, viste que unos cuántos se mueren a los veintisiete. Sería ideal si te hubieras muerto hace dos años atrás.
– Me halagás, boludingui. La gente importante en realidad se muere a esa edad. Bah, no faltarán giles sin prensa también.
– ¿Vos viste esa carta que dejó Kurt Cobain? Decía que para él hacer tocar en vivo era prácticamente como fichar, como entrar al laburo, y que no le dejaba absolutamente nada – Dijo Diego y a continuación le dio una profunda pitada a su cigarro.
– Si, la vi. Muy curioso.
– Muy curioso.
– Yo creo que sé porqué pasa eso, el tema de la crisis de los treinta y todo eso.
– ¿Estás esperando que te pregunte “qué pensás” o te presente?
– Bueno, calmate salamín. Yo pienso que antes de los treinta, a los veintipico ponele, los mejores artistas son por lo general músicos en su mejor momento y esas cosas. Se inspiran en el futuro, en el fuego de la vida incierta que viene. Después de más grandes por lo general los músicos no valen un peso argentino devaluado por Macri. Sirven para reversionarse a ellos mismos o tocar covers. No todos, claro, pero lo bueno que sale del corazón, la pasión pura sale a los veinte.
– Puede ser, ¿Y los músicos de jazz o de tango? Esos son más grandes.
– Pará que termino. Y pienso que después de los treinta, la inspiración de los artistas empieza a pasar mucho por el pasado, por el recuerdo de la adolescencia, infancia, ya todo está más lejos y empiezan a comprender que ahí estaba el origen de todo, de cómo son, de la vida. Ahí tenés a esos que nombrás. Decime un tango que no hable del piberío, del barrio y la vieja, y se largue a llorar acordándose de todo eso. Por lo general los escritores, arquitectos, tangueros alcanzan su mejor momento después de los cuarenta, eso es universalmente sabido.
– ¿Arquitectos como nosotros? Entonces nos queda tiempo para tener una carrera exitosa y fructífera, por suerte. No deberíamos usarla para estar acá fumando.
– Claro que sí, aunque yo ya haya dejado la arquitectura. El tema central para mí está en que en el transcurso de esa etapa, de la de del proyecto-a-futuro y la del vivo-del-pasado, hay una especie de transición dolorosa que por lo general pasa cerca de los veintisiete, de limbo emocional, donde no te pasa nada che, el corazón te queda hecho de piedra y no podés derramar una lágrima por nada. Como vos, que sos un hombre horrible y me das lástima.
– Es verdad. Vos te hacés en sensible y también sos un hombre horrible como yo, y me das pena, que es peor.
– La lástima es mucho peor que la pena, primero. Y con lo que decís de mí, es solamente porque todavía no salí del limbo, ¿Entendés? Dame unos años más y me vas a ver llorando a moco tendido.
– Acordándote de cuando andabas en bici, ¿no? Dando la vuelta manzana. O cuando mirabas dibujitos, imbécil. Me das un poco de asco.
– Claro, acordándome de la bici. O también de las calles de mi barrio de más grande, tal vez algún día te recuerde a vos fumando ahí contra la ventana mirando la calle, tan joven y sin nada que perder.
– ¿Ya te agarró de nuevo la nostalgia del presente?
– Viste que tengo un corazón sensible, hecho de carnita.
– ¿Tenés birra ahí?
– Tomá.

La madrugada asiste pacientemente a esta escena ficticia (pero no por eso menos valiosa), y arroja un manto de sombra sobre las calles de Buenos Aires. Como es de esperarse, pocos sonidos pueden percibirse. Tal vez provengan de algún grillo nocturno o quizá de unos autos solitarios que buscan consuelo. En esta ínfima lista imaginaria podríamos colocar el sonido suave y rítmico proveniente de los austeros pasos de Attilio Olivetti, el extraordinario escritor de tangos de aquella ciudad.

Como es su costumbre, camina en la noche fumando tabaco, acercándose una vez más a sí mismo, a su mejor tango, a su abstracto ideal del arte y de la vida. Reflexiona mientras el humo con propiedades cancerígenas penetra sus pulmones. En esta ocasión, distancia el cigarrillo de su rostro y lo observa celosamente. Qué extraño resulta necesitar aquel instrumento para matarse lentamente, y piensa de paso que lo mismo podría suceder en forma inversa.

Sospecha el escritor la posibilidad de que el cigarrillo lo necesite más todavía. Lo necesita para ser, para existir, para poder ejecutar su esencia a través de sus manos, de sus pitidos y sus pulmones. En definitiva no sería nada en sí mismo, no sería nada sin mí, no sería un cigarrillo, ni siquiera una cosa. Le doy vida a un instrumento que se lleva la mía, concluye el poeta.

Tras caminar unas largas horas en la noche, en sus cavilaciones, en la estructura de su mente encuentra una sonrisa. Y si el cigarrillo fuera realmente el sujeto en un mundo de tabaco enrollado y me hiciera existir a mí, y yo simplemente fuese un instrumento que sólo puede ejecutar su esencia a través del fumar. No sería tan extraño, ni imposible tampoco. Ríe divertido, dobla la esquina junto a una estela de humo que tarda en girar con él, y se pierde definitivamente en la noche de la grandísima ciudad de Buenos Aires.

Suena a hueco
si el tema se esconde,
y el tema no es más que el futuro
cuando no responde.

Desde los confines del universo
fue siempre un verso el más real.
Que el tiempo detiene a su paso
en el típico caso de preguntar por la soledad.

En vano lidian deidades descreídas
quiénes no menos arpías
se arrepienten de dormir
en laureles de antiguas vidas.

El yo triunfador confiesa
con mayor coherencia
en la era de la violencia.
Deja de lado su pasado
Y se jacta de ser creencia.

Erran todavía los guías
del pasar espiritual,
se internan y confían
sus ahorros a los canallas
que tampoco se han encontrado todavía.

Estábamos todos juntos en el túnel. El piso se movía, nunca sentí, ví, u oí nada igual. Yo escuchaba distraídamente la charla motivadora, todos lo hacíamos y se nos escapaban sin querer unas miradas algo nerviosas. Teníamos miedo. El capitán, como siempre hablando algo de nuestras familias, de darlo todo por nosotros antes que nada, por nuestra gente, por el compañero, algo así que sólo por esta vez no sonaba creíble. Su voz siempre estridente estaba quebrada. Vinimos a una especie de tumba, pero viva, tal vez la nuestra. Aplaudimos juntos confusamente como dándonos ánimo al terminar la arenga. Algunos hacían la señal de la cruz, otros miraban hacia arriba como si allí estuviera el cielo por detrás del techo del túnel, otros besaban al compañero. Alguien por allá nos dio una señal, a la cancha muchachos, es ahora. Se veía luz, un impecable césped iluminado. Salimos al trote con cara de entereza, de que nos daba igual. La luz se acercó hasta ser la realidad. Una escandalosa silbatina nos recibió de la forma más hostil posible buscando amedrentarnos. No sabían que en definitiva fue el momento más afectuoso de toda la noche.

Los minutos pasaron y empezamos a hacer movimientos precompetitivos. Nos hacíamos los distraídos y mirábamos de reojo esa locura que nos abrazaba y abrasaba. Se sentía como en una olla que estaba por estallar. Los cánticos cambiaban, variaban hasta que finalmente tomaron un camino cíclico, empezaron a seguir una línea repetitiva, una y otra vez mientras su volumen se elevaba ligeramente. Ya éramos parte de una masa sin querer serlo. Nos pasábamos la pelota y el campo vibraba. Esto parece temblar, pensé. Una bandera aclaró rápidamente mi duda. El estadio latía. Ya no estábamos allí. Nadie nos observaba. Ni siquiera teníamos la dicha de ser protagonistas. Ya no nos silbaban ni reprobaban nuestros movimientos. Ahora eran ellos bailando, ellos saltando, festejando aún antes del espectáculo. Celebrando la reunión, la noche, la fiesta absoluta y todo lo que vale la pena en esta vida por momentos miserable.

Se unieron, saltaron más alto y se dejaban caer con mayor desfachatez. Unían sus gritos y concentraban su energía en la planta de sus pies. Allí colocaban todo el peso de su cuerpo, de su pasión y deseo, el peso de sus frustraciones también, de la tristeza de vidas no vividas, de la alegría de la familia unida. El volumen de la multitud de pronto se volvió ensordecedor, algo estaba sucediendo. Como si fuera poco, acompañaron la euforia total unos fuegos artificiales. La fiesta era completa. Los futbolistas de Boca Juniors aparecían en medio del jolgorio caminando pacientemente en dirección al centro del campo. La hinchada continuó su cántico tradicional repitiendo las clásicas estrofas:

“Boca, mi buen amigo” se oyó estruendosamente. El ánimo incondicional del hincha se hacía presente en su máxima expresión. Términos de entrecasa, de barrio e infancia aparecían para acompañar a sus futbolistas. “Esta campaña volveremos a estar contigo”, fidelidad eterna, aguante. Compañía recíproca de alegrías y derrotas, de llenar uno la vida del otro, de quiénes no podrían jugar o dejarse la piel sin el aliento constante, y de quiénes no podrían atravesar las infamias e injusticias de esta vida sin poder refugiarse al menos durante noventa minutos en un juego real e irreal, abstrayéndose de las miserias rutinarias. “Te alentaremos de corazón”, ¿Creerán en dios?, ¿Creerán en algo?, o acaso la evolución humana y del cristianismo, tan flexible para algunos, el ateísmo masificado los ha llevado sin notarlo a una creencia prácticamente religiosa que ni siquiera son capaces de percibir. La identificación con una camiseta azul y oro como verdad eterna, causa y razón del vivir, de transmitir a sus hijos, de estadio que se convierte reiteradas ocasiones en misa, de ataúdes con colores de Boca, de razón del morir. “Esta es tu hinchada que te quiere ver campeón”, deseo tan fuerte, tan necesario y creíble, volcado al campo con agresividad y alegría mezclada, con un éxtasis eufórico, con sonrisas y espíritus en su punto cúlmine, perfecto, que la vida no es otra cosa que apasionarse, que es vivir todo lo que se pueda como se pueda, en ese momento de griterío y furia, descarga total de amor y odio. “No me importa lo que digan, lo que digan los demás”, porque ya nada importa, como debería serlo todo siempre, y por suerte ahora, es. El trance se ha vuelto absoluto y la alegría y la fiesta se justifica a sí misma, ¿Qué sonrisa acaso debería dar explicaciones?, ¿Qué padre tendría que desarrollar argumentos mientras salta con su hijo en sus hombros?, ¿Qué pueblo debería excusarse por rozar al menos por un momento el presente y a su efímera gratitud? “Yo te sigo a todas partes”, cincuenta mil gargantas estallan en un justo sentir compartido. Se pueden percibir también sonrisas con ojos húmedos, hombres duros que recuerdan tal vez a sus padres, el seguir y el apoyo, el brindar sin esperar, dar el primer paso sin esa pasiva energía espantosa de quien juzga y deja en manos de los demás, quien en su trono cree que merece lo que todavía no tiene, y no lo merece ni lo tendrá.

“Cada vez te quiero más”, sentenció la multitud a los saltos. Riendo, vibrando, alentando, dejándonos perplejos a nosotros. Quienes sin notarlo ya no estábamos haciendo movimientos precompetitivos ni elongando, ni preparándonos para nada. Sólo observábamos aquella locura de la cual queríamos formar parte. Contemplábamos la paciencia inexplicable de los futbolistas de Boca Juniors, quienes levantaban los brazos y aplaudían la fiesta, reconocían con honestidad el recibimiento, el agasajo que nadie puede merecer. El aplauso se volvió recíproco, el estadio se detuvo un momento para ovacionar de forma elegante a sus representantes. El partido debía comenzar en breve. No supe qué íbamos a hacer, qué deberíamos hacer. No sabía si mis piernas temblaban por sí mismas, por mi miedo, o el latido del estadio lo generaba. Volvimos a la realidad, nos dispersamos y nos colocamos en los puestos correspondientes para comenzar el juego.

Como si todo aquello hubiera sido un sueño, o un acto suficiente, la multitud se unificó nuevamente y gritó ridículamente más fuerte. Pude distinguir una masa compuestas por pequeños brazos transformados en delgados hilitos extasiados que se sacudían coordinadamente con furia y entonaban acompasados “¡Y dale!, ¡Y dale!, ¡Y dale Boca dale!”.

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