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tundrario

  • ¿Te das cuenta?
  • De qué.
  • De todo esto, que es en definitiva una locura.
  • ¿Qué tipo de locura?
  • Una locura infinita, inabarcable.
  • Me doy cuenta a medias.
  • ¿Y qué hacemos con todo?
  • ¿Qué todo?
  • Con todo en sí mismo, con “el todo”.
  • El todo seguirá ahí, no te hagas mucho problema por eso.
  • ¿Y qué haremos con ese todo?
  • Yo que sé, creo que más bien él lo hará con nosotros.
  • ¿Y qué hará el todo con nosotros?
  • Yo creo que nada.

Las rocas quieren ser arena. Las rocas no quieren esperar tanto para ser arena. Se erosionan lentamente, maldicen su naturaleza y esperan. La arena danza sobre el agua, se ríe de las rocas y las alienta con ternura. La arena sabe que la espera valió la pena, pero la espera es pasado para la arena y presente para las rocas.

Las rocas lloran y le piden piedad al viento y al agua. Esa tortura suave y oriental se vuelve inquietante. Piden fuerza y voluntad para su evolución, para ser arena y para jugar dentro del agua y dentro del viento.

El sol aparece, el horizonte se llena de vida. El viento sacude al agua, el agua salta y juega arrastrando arena. La arena nada sobre el agua o dentro de ella, también salta y vuela con el viento. Las rocas, inmóviles por los próximos millones de años, sueñan en silencio, maldicen al tiempo y esperan.

Otra del verano, en Villa La Angostura.

Me decía de a poquito, me decía, gluglú. Mientras decía más gluglú, llenaba de a poco mi tanquecito, me llenaba. Que esto y lo otro, que el otro día, que te quiero glú, que sos lo más lindo que me pasó gluglú. Yo bueno, oía, abría, expandía dentro de lo posible las dimensiones de mi tanquecito gluglú. Debo decir que particularmente mi tanquecito no es el de diámetro más amplio de todos, en caso de imaginarlo como un cilindro, claro. Puede ser rectangular o cuadrado también, cada uno con el suyo, una cosa no quita la otra. Es muy serio todo esto, y los tanquecitos algo completamente real y comprobado científicamente gluglú. Se me acercó y yo gluglú, ¡Sonrió!, ¡glugluglú! Qué lindo todo esto, que lindo, como en el estómago, como en el esófago ya casi, como todo repleto de.. de eso que me llena gluglú. Sos hermoso, me encanta lo que me hacés, me encantás todo, gluglú. Quiero verme linda, ¿sabés? Linda para vos ¡¡gluglugluglú!! Pará, pará calmate un poquito, qué te pasa hoy, tranquilízate. No ves mi pobre tanquecito, ya no da más, está a filo, una gotita más y ya te imaginarás, un desastre, un verdadero enchastre vamos a hacer. No me importa, no importa que se llene, porque sos tan… tan… me encanta estar acá con vos, siempre glugluglugluglú.

Palabra que te palabra. Letra que te letra. Una tras otra. Danzan, como las sombras, son sombras proyectadas por ideas. Las ideas que te ideas. La vida en la vida, la muerte allá, detrás de las sombras, del mar, del horizonte. Y si podremos ver tal vez por allí, espiar detrás de donde no se ve, donde el mar nace, o donde muere, donde en principio o donde en fin. En fin. Dame, dámelo todo, embelésame. Embelésate. Ahora, justo ahora, y acá, justito acá. Algo que cambia, se transforma, no es parte de mi ni parte de nada, no es. Y si yo en realidad, y si vos en realidad, si mejor caminamos, por la playa mejor, de la mano. Si volamos, si vuelo, yo sé volar. Sé mirar y sentir el horizonte, créeme. Puedo saberlo todo, puedo ser mi ser, puedo cumplir mi misión, tengo misión, créeme. Me llamaron, he sido llamado, por ahí, desde allí, detrás, de lo que no se ve, de lo que se cree y se siente, de lo que no existe, de lo que ha pasado hace mucho, de lo que pasará y será. Yo acá, puedo escribir y decir, sentir y volar, créeme, y si no lo hacés no importa. Podés llorar, podés quedarte, olvidarme, no ser, verme partir y volar, hacia donde no sabés que puedo, pero puedo, créeme.

Claro que no es lo mismo decir que hacer. Cuando uno dice, teoriza sobre un sinfín de posibilidades que nunca podrían ser comprobadas si uno no lo hace. Cuando uno hace, enfrenta la existencia de disímiles situaciones que podrían convertirse en potenciales inconvenientes.

Cuando uno enfrenta inconvenientes, crece. Cuando uno crece, se aburre. Cuando el aburrimiento y la falta de excitación se convierten en un terreno cotidiano, los problemas avanzan sigilosamente.

Si la capacidad de enfrentar los problemas es aún mayor, podrán sortearse en forma expeditiva, o podrán apañar el alma con infinitos deseos inconclusos.

Para eso existe el arte. Si uno es capaz de involucrar deseos con inconvenientes, madurez y aburrimiento, tal vez encuentre alguna respuesta en expresiones poco convencionales. Tal vez no exista nada cierto a la hora de generar espacios con contenido propio que probablemente pocos podrán apreciar.

Así estamos, repletos de información que amenaza directamente nuestras emociones, y emociones que poco tienen que ver con lo que pasa a nuestro alrededor. El camino podrá ser confuso a la hora de liberar erupciones espirituales, o tal vez muy claro para aquellos que encuentran su pasión en las matemáticas.

Lo cierto es que de pasiones nada sabemos, la información excede cualquier medición racional, y los artistas persisten en su búsqueda.

Esa risa de reojo. Esa risa me mira con su vergüenza incontenible y no me quiere mirar. No quiere que vea cómo se ríe, qué feliz la pone mi presencia. Sabe también lo prohibido de su alegría. Sabe que esa sonrisa no es correspondida, pero ve también la mía. Dos sonrisas cómplices o no tanto, con un intenso deseo sepultado. Tapado con todo con lo que se pueda tapar. Ahí sigue, y ahí está, la efusividad después de la sonrisa, del deseo tal vez obsceno, o no tanto, un poco sano a la vez, un poco hermoso, pero no permitido. Mejor olvidarlo entonces, mejor olvidar esas mejillas coloradas, ese saludo tímido y eufórico, mejor dejarlo pasar para conservar su esencia prohibida e incumplida. Soñando con algo de maldad que su cuerpo la sorprenda y la avergüence aún más, que en su intimidad imagine la mía y mi cuerpo, como yo hago en mi intimidad con el suyo. Adiós sonrisa, espero verte pronto y verte tan contenida como siempre.

En un jardín de armónicas proporciones se celebraba un cumpleaños. Los invitados asistieron con ánimos de agasajo y el anfitrión manifestaba moderadamente su dicha.

Mientras se entablaban diversos debates, dos hombres extraños se vieron atraídos inmediatamente al descubrir una asombrosa afinidad en sus pensamientos. El diálogo se desarrollaba naturalmente entre todos los presentes al mismo tiempo que ellos compartían sus conocimientos con entusiasmo.

Espontáneamente decidieron apartarse y continuaron intercambiando conceptos. Finalmente acordaron un encuentro privado, donde se imaginaron proponiendo algunos análisis sobre los temas más remotos.

La semana posterior se llevó a cabo la cita, la cual resultó agradable en un principio. Ambos reían y se asombraban al encontrar tantas coincidencias en sus ideas. Compartían las mismas percepciones musicales y literarias, lo mismo sucedía cuando debatían sobre valores filosóficos y existenciales.

El diálogo avanzaba a una velocidad desmedida. Sumergidos en un mar de excitación, continuaron por confesar intimidades, sus actitudes más retorcidas y algunas perversiones.

Lentamente la conversación se tornó extraña. Se vieron prácticamente idénticos, y continuaron por proyectarse mutuamente. De pronto cada uno descubría el potencial y las virtudes ajenas. Podían también apreciar las más íntimas reflexiones, las cuales venían inmediatamente acompañadas por sus propios miedos.

En ese instante se concentraron en la más profunda introspección sin ignorar que el otro también lo haría. Se miraron fijamente con pánico. Ambos se examinaban en forma juiciosa y aterradora. Frente a sí mismos hallaban a su peor amenaza.

Sin decir una palabra se levantaron conjuntamente. Se miraron a los ojos comprendiendo la situación de manera clara, se dieron la mano con énfasis y jamás volvieron a verse.

¡Fuego!, se logra escuchar. Se trata del fortísimo Ejército Mediático Comunicacional, ¡Avancen! Una y otra vez. Las mentes débiles e impropias, seres inauténticos caen torpemente. Por los aires vuelan perdigones amarillos cargando noticias, vuela la música compuesta por repugnantes almas que odian la música, también vuela cine compuesto por tristísimas almas que odian el cine, vuelan también seres, personas despreciables que merecen morir, pero no mueren, sino que, como una enfermedad lo dominan todo y expanden lo peor que haya engendrado este humilde planeta.

El grandísimo ejército teje redes, ata sujetos y subjetividades, nos sumerge para siempre en el letargo, en un soma que resultó real, y atrapa mentes que se desintegran en el campo de batalla. Los cerebros buscan avanzar para responder al ataque pero embriagados se detienen liberando dopamina. La región aislada donde se lleva a cabo la cruzada se encuentra húmeda, mojada por el propio éxtasis mental, por los orgasmos de los cerebros detenidos y su fallida descarga sexual.

Del otro lado defienden la frontera algunos artistas, filósofos y religiosos. No logran avanzar sino que sólo pueden conformarse con la espera. Conservan libros y preguntas, cuestionan su propio ser y la esencia de su especie. Se puede ver cómo en definitiva, todo cae a pedazos, cómo una música “easy listening” atrapa el frente de la trinchera con un moderno narcótico sonoro y derrumba todo a su paso.

Los protectores de la causa se encierran en búnkers cada vez más débiles y leen, escuchan música, lo hacen con desesperación y se observan con pena y dolor, no debería ser así, no debería ser desesperadamente. El techo comienza a moverse y a caer. Los filósofos bajo los escombros toman sus libros y leen, y leen más fuerte, luchan.

Se escuchó llorar a un soldado defensor de la Causa Existencial, y gritar a otro, a un soldado amigo que se encontraba del otro lado. Vámonos, vamos al campo de batalla, no se puede tolerar esto ni mantener mucho más este sitio. Tal vez caigamos bajo su poderoso armamento de novedades, o sus narcóticos sonoros, pero será placentero, y caeremos de todas maneras, acompáñame.

Su colega se encontraba contraído bajo la trinchera, leía con dolor y fortaleza. La música compuesta por las repugnantes almas que odian la música no podía tocarlo todavía; ni tampoco el cine generado por los despreciables seres que odian el cine. Pudo por un momento abandonar su lectura y dirigió a su amigo su mirada, una sonrisa, y también unas palabras:

¡Fuerza soldado!, tome su libro y lea fuerte. Todavía quedan aquí causas por defender.

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