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tundrario

Cuando el sol desaparece, cuando las verdades descansan, cuando quienes dominan este mundo duermen, es el momento en que sale a la calle el extraordinario escritor de tangos Attilio Olivetti. Fuma tabaco y camina. Puede resultar extraño pero se reconoce en su rostro un sutil esbozo de alegría.

Reflexiona sin exigencias y lo hace sobre la mismísima noche. Busca su mejor tango con un anhelo suave, maduro, sosegado. Hace algunos años ha dejado de perseguirlo en la luz del día y se pregunta cuál será la causa de aquella inconsciente decisión. Será, piensa, precisamente porque el mundo descansa, porque el reloj detiene su agresiva marcha militar y se esfuma. Sin los azotes del tiempo transcurriendo, se hace más sencillo detenerse, justamente detenerse, concentrarse, el ejercicio primero para el trabajo primero, el del arte.

Será, dice, que en la noche no solamente el tiempo se paraliza, sino que corre lentamente. ¿Y qué es un tango, si no es una sensación lenta y descriptiva?, como cualquier texto, como cualquier escrito que fundamenta su autenticidad en los detalles, en la ralentización, en pequeños hechos disgregados por la imaginación y por la propia naturaleza del arte literario. Acciones que normalmente ocurrirían en simultáneo parecen encontrar en las palabras su espacio deseado para lograr desenvolverse con detenimiento, con paz, en una situación que no existe, por suerte, piensa Attilio, y sospecha que en definitiva se ha vuelto mucho más bello vivir en ese mundo ficticio de su imaginación que en ese otro tan grosero y mundano, el real.

Sonríe ante la posibilidad de caer definitivamente en la demencia, fuma tabaco y continúa su marcha silenciosa por la noche. Se aparta de la escena el magnífico escritor de tangos que ha dado la ciudad de Buenos Aires.

  • ¿Te das cuenta?
  • De qué.
  • De todo esto, que es en definitiva una locura.
  • ¿Qué tipo de locura?
  • Una locura infinita, inabarcable.
  • Me doy cuenta a medias.
  • ¿Y qué hacemos con todo?
  • ¿Qué todo?
  • Con todo en sí mismo, con “el todo”.
  • El todo seguirá ahí, no te hagas mucho problema por eso.
  • ¿Y qué haremos con ese todo?
  • Yo que sé, creo que más bien él lo hará con nosotros.
  • ¿Y qué hará el todo con nosotros?
  • Yo creo que nada.

Las rocas quieren ser arena. Las rocas no quieren esperar tanto para ser arena. Se erosionan lentamente, maldicen su naturaleza y esperan. La arena danza sobre el agua, se ríe de las rocas y las alienta con ternura. La arena sabe que la espera valió la pena, pero la espera es pasado para la arena y presente para las rocas.

Las rocas lloran y le piden piedad al viento y al agua. Esa tortura suave y oriental se vuelve inquietante. Piden fuerza y voluntad para su evolución, para ser arena y para jugar dentro del agua y dentro del viento.

El sol aparece, el horizonte se llena de vida. El viento sacude al agua, el agua salta y juega arrastrando arena. La arena nada sobre el agua o dentro de ella, también salta y vuela con el viento. Las rocas, inmóviles por los próximos millones de años, sueñan en silencio, maldicen al tiempo y esperan.

Otra del verano, en Villa La Angostura.

Me decía de a poquito, me decía, gluglú. Mientras decía más gluglú, llenaba de a poco mi tanquecito, me llenaba. Que esto y lo otro, que el otro día, que te quiero glú, que sos lo más lindo que me pasó gluglú. Yo bueno, oía, abría, expandía dentro de lo posible las dimensiones de mi tanquecito gluglú. Debo decir que particularmente mi tanquecito no es el de diámetro más amplio de todos, en caso de imaginarlo como un cilindro, claro. Puede ser rectangular o cuadrado también, cada uno con el suyo, una cosa no quita la otra. Es muy serio todo esto, y los tanquecitos algo completamente real y comprobado científicamente gluglú. Se me acercó y yo gluglú, ¡Sonrió!, ¡glugluglú! Qué lindo todo esto, que lindo, como en el estómago, como en el esófago ya casi, como todo repleto de.. de eso que me llena gluglú. Sos hermoso, me encanta lo que me hacés, me encantás todo, gluglú. Quiero verme linda, ¿sabés? Linda para vos ¡¡gluglugluglú!! Pará, pará calmate un poquito, qué te pasa hoy, tranquilízate. No ves mi pobre tanquecito, ya no da más, está a filo, una gotita más y ya te imaginarás, un desastre, un verdadero enchastre vamos a hacer. No me importa, no importa que se llene, porque sos tan… tan… me encanta estar acá con vos, siempre glugluglugluglú.

Palabra que te palabra. Letra que te letra. Una tras otra. Danzan, como las sombras, son sombras proyectadas por ideas. Las ideas que te ideas. La vida en la vida, la muerte allá, detrás de las sombras, del mar, del horizonte. Y si podremos ver tal vez por allí, espiar detrás de donde no se ve, donde el mar nace, o donde muere, donde en principio o donde en fin. En fin. Dame, dámelo todo, embelésame. Embelésate. Ahora, justo ahora, y acá, justito acá. Algo que cambia, se transforma, no es parte de mi ni parte de nada, no es. Y si yo en realidad, y si vos en realidad, si mejor caminamos, por la playa mejor, de la mano. Si volamos, si vuelo, yo sé volar. Sé mirar y sentir el horizonte, créeme. Puedo saberlo todo, puedo ser mi ser, puedo cumplir mi misión, tengo misión, créeme. Me llamaron, he sido llamado, por ahí, desde allí, detrás, de lo que no se ve, de lo que se cree y se siente, de lo que no existe, de lo que ha pasado hace mucho, de lo que pasará y será. Yo acá, puedo escribir y decir, sentir y volar, créeme, y si no lo hacés no importa. Podés llorar, podés quedarte, olvidarme, no ser, verme partir y volar, hacia donde no sabés que puedo, pero puedo, créeme.

Claro que no es lo mismo decir que hacer. Cuando uno dice, teoriza sobre un sinfín de posibilidades que nunca podrían ser comprobadas si uno no lo hace. Cuando uno hace, enfrenta la existencia de disímiles situaciones que podrían convertirse en potenciales inconvenientes.

Cuando uno enfrenta inconvenientes, crece. Cuando uno crece, se aburre. Cuando el aburrimiento y la falta de excitación se convierten en un terreno cotidiano, los problemas avanzan sigilosamente.

Si la capacidad de enfrentar los problemas es aún mayor, podrán sortearse en forma expeditiva, o podrán apañar el alma con infinitos deseos inconclusos.

Para eso existe el arte. Si uno es capaz de involucrar deseos con inconvenientes, madurez y aburrimiento, tal vez encuentre alguna respuesta en expresiones poco convencionales. Tal vez no exista nada cierto a la hora de generar espacios con contenido propio que probablemente pocos podrán apreciar.

Así estamos, repletos de información que amenaza directamente nuestras emociones, y emociones que poco tienen que ver con lo que pasa a nuestro alrededor. El camino podrá ser confuso a la hora de liberar erupciones espirituales, o tal vez muy claro para aquellos que encuentran su pasión en las matemáticas.

Lo cierto es que de pasiones nada sabemos, la información excede cualquier medición racional, y los artistas persisten en su búsqueda.

Esa risa de reojo. Esa risa me mira con su vergüenza incontenible y no me quiere mirar. No quiere que vea cómo se ríe, qué feliz la pone mi presencia. Sabe también lo prohibido de su alegría. Sabe que esa sonrisa no es correspondida, pero ve también la mía. Dos sonrisas cómplices o no tanto, con un intenso deseo sepultado. Tapado con todo con lo que se pueda tapar. Ahí sigue, y ahí está, la efusividad después de la sonrisa, del deseo tal vez obsceno, o no tanto, un poco sano a la vez, un poco hermoso, pero no permitido. Mejor olvidarlo entonces, mejor olvidar esas mejillas coloradas, ese saludo tímido y eufórico, mejor dejarlo pasar para conservar su esencia prohibida e incumplida. Soñando con algo de maldad que su cuerpo la sorprenda y la avergüence aún más, que en su intimidad imagine la mía y mi cuerpo, como yo hago en mi intimidad con el suyo. Adiós sonrisa, espero verte pronto y verte tan contenida como siempre.

En un jardín de armónicas proporciones se celebraba un cumpleaños. Los invitados asistieron con ánimos de agasajo y el anfitrión manifestaba moderadamente su dicha.

Mientras se entablaban diversos debates, dos hombres extraños se vieron atraídos inmediatamente al descubrir una asombrosa afinidad en sus pensamientos. El diálogo se desarrollaba naturalmente entre todos los presentes al mismo tiempo que ellos compartían sus conocimientos con entusiasmo.

Espontáneamente decidieron apartarse y continuaron intercambiando conceptos. Finalmente acordaron un encuentro privado, donde se imaginaron proponiendo algunos análisis sobre los temas más remotos.

La semana posterior se llevó a cabo la cita, la cual resultó agradable en un principio. Ambos reían y se asombraban al encontrar tantas coincidencias en sus ideas. Compartían las mismas percepciones musicales y literarias, lo mismo sucedía cuando debatían sobre valores filosóficos y existenciales.

El diálogo avanzaba a una velocidad desmedida. Sumergidos en un mar de excitación, continuaron por confesar intimidades, sus actitudes más retorcidas y algunas perversiones.

Lentamente la conversación se tornó extraña. Se vieron prácticamente idénticos, y continuaron por proyectarse mutuamente. De pronto cada uno descubría el potencial y las virtudes ajenas. Podían también apreciar las más íntimas reflexiones, las cuales venían inmediatamente acompañadas por sus propios miedos.

En ese instante se concentraron en la más profunda introspección sin ignorar que el otro también lo haría. Se miraron fijamente con pánico. Ambos se examinaban en forma juiciosa y aterradora. Frente a sí mismos hallaban a su peor amenaza.

Sin decir una palabra se levantaron conjuntamente. Se miraron a los ojos comprendiendo la situación de manera clara, se dieron la mano con énfasis y jamás volvieron a verse.

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