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tundrario

Hoy estoy muy al pedo. De paso, de aburrimiento nomás, decidí tirarme un buen pedo. De pedo no me cagué. Hubiera sido más noble cagarme, aunque hubiera sido un quilombo al pedo. Una vez, un amigo que estaba en pedo, se tiró un pedo y efectivamente se cagó. De pedo otro amigo estaba con él y lo ayudó. Después vino para mi casa, que de pedo yo ya había llegado, y justamente estaba bastante en pedo también. Al otro día andaba muy al pedo y le mandé un mensaje para saber cómo se sentía. Fue al pedo, el pibe seguía en pedo todavía. Hay que ser, ¡eh!

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Me decía de a poquito, me decía, gluglú. Mientras decía más gluglú, llenaba de a poco mi tanquecito, me llenaba. Que esto y lo otro, que el otro día, que te quiero glú, que sos lo más lindo que me pasó gluglú. Yo bueno, oía, abría, expandía dentro de lo posible las dimensiones de mi tanquecito gluglú. Debo decir que particularmente mi tanquecito no es el de diámetro más amplio de todos, en caso de imaginarlo como un cilindro, claro. Puede ser rectangular o cúbico también, cada uno con el suyo, una cosa no quita la otra. Es muy serio todo esto, y los tanquecitos algo completamente real y comprobado científicamente gluglú. Se me acercó y yo gluglú, ¡Sonrió!, ¡glugluglú! Qué lindo todo esto, que lindo, como en el estómago, como en el esófago ya casi, como todo repleto de.. de eso que me llena gluglú. Sos hermoso, me encanta lo que me hacés, me encantás todo, gluglú. Quiero verme linda, ¿sabés? Linda para vos ¡¡gluglugluglú!! Pará, pará calmate un poquito, qué te pasa hoy, tranquilízate. No ves mi pobre tanquecito, ya no da más, está a filo, una gotita más y ya te imaginarás, un desastre, un verdadero enchastre vamos a hacer. No me importa, no importa que se llene, porque sos tan… tan… me encanta estar acá con vos, siempre glugluglugluglú.

Cita breve de la crisis económica sufrida en Rusia en los años 90:

Yeltsin, el presidente de Rusia, nunca recuperaría su popularidad tras apoyar la “terapia de choque” económica de Yegor Gaidar: fin del control de precios de la era soviética, recortes drásticos en el gasto público y la apertura al comercio exterior en 1992. Las reformas devastaron inmediatamente la calidad de vida de la gran mayoría de la población, especialmente en aquellos sectores beneficiados por los salarios y precios controlados, los subsidios y el estado del bienestar de la época socialista. Rusia sufrió en los años noventa una recesión económica más grave que la Gran Depresión que azotó los Estados Unidos o Alemania a principios de los años 1930.

Las reformas económicas consolidaron una oligarquía semicriminal enraizada en el viejo sistema soviético. Aconsejada por los gobiernos occidentales, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, Rusia se embarcaría en la mayor y más rápida privatización jamás llevada a cabo por un gobierno en toda la historia. A mediados de la década de 1990, el comercio, los servicios y la pequeña industria ya estaban en manos privadas. Casi todas las grandes empresas fueron adquiridas por sus antiguos directores, engendrando una clase de nuevos ricos cercanos a diversas mafias o a inversores occidentales. En la base del sistema, a causa de la inflación o el desempleo, muchos obreros acabaron en la pobreza, la prostitución o la delincuencia.

El escritor de tangos Attilio Olivetti toma un papel en un particular estado de armonía y escribe en él una verdad. La observa fijamente y frunce el ceño. Fuma tabaco con calma. Se acomoda en su asiento y continúa examinando extrañamente aquel mensaje.

Aleja un poco el papel de su mirada, y lo vuelve a acercar. Decide tachar desprolijamente con su birome aquella verdad y en su lugar, escribe una mentira. Reflexiona y se recuesta, observa fijamente el papel.

De pronto siente ansiedad por escribir una verdad mejor que aquella mentira e intenta hacerlo. No lo logra y vuelve a tachar el escrito. Nuevamente escribe una falsedad. Sigue fumando y reitera su análisis.

El escritor de tangos repasa las distintas variantes. Busca purificar una idea en un punto prodigioso que tenga al mismo tiempo las virtudes de las verdades y las virtudes de las mentiras pero que no sea ni una cosa ni la otra. A veces piensa que su búsqueda de la belleza y de su mejor tango terminarán por volverlo loco, otras veces está convencido de que ya atravesó esa delgada línea.

Entrecierra sus ojos y observa el papel de cerca. Vuelve a tachar todo y escribe en él una verdad, que al alejarla de sus ojos se convierte en una mentira. Esboza una sutil sonrisa y vuelve a fumar.

 

 

 

Hola; cómo va; soy yo; el inconfundible; el único; el mejor; el punto y coma; soy jodido; soy gris; como que seguís pero te quedás; como que te suelto pero te agarro justito; justito cuando estás; ahí estás; ahí; cortito; del otro lado; cayendo; soltando, dejando; pero no; justo cuando creías; cuando te creías todo; que estaba todo; que todo había pasado; que estaba atrás; atrás; ahí; justito; te agarro y te traigo; te digo; despacio; chiquito; ahí; que todavía quedan cosas de este lado; que de este lado también; sólo también; si lo que venga después da igual; lo mismo va a ser; porque no te olvides; nunca te olvides; que de acá; de atrás; ahí; todavía estamos; y estamos vivos.

Una novela va por la calle y se la nota orgullosa. Es una hermosa novela y con un aire sobrador demuestra saberlo. Se cruza casualmente con un cuento que la mira espantado. El cuento le dice algunas groserías, le dice sin ningún tipo de respeto que ya está vieja y muy estirada, que es lo que es gracias a él, y que quisiera ser cuento, pero claro, tiene intereses tan inmorales que ni siquiera se atreve a mencionarlos.

El cuento sigue su rumbo feliz porque cree que ha salido triunfante de aquel pleito (que en realidad no lo fue) y que ahora la novela pensará en él con mucho desprecio y, si tiene suerte, con algo de envidia. En la continuación de la caminata se cruza a su vez con un relato. El relato lo acusa al cuento de intolerante y de cometer los mismos crímenes artísticos que utiliza para juzgar a la novela; y reanuda su marcha.

El relato camina tranquilo luego de dejar en claro su postura y la tarde calurosa parece darle una gentil bienvenida. Se encuentra a su vez con una idea. Ésta le enrostra con palabras exactamente lo mismo. Lo denuncia y le atribuye actos poco éticos, como lo son vivir de su concepto, de ser una vil copia de su esencia, de no merecer tales reconocimientos. Una vez finalizada la denuncia, prosigue su paso.

La idea continúa su marcha y parece sentirse plena. Halla en sí misma la última verdad de todas, hasta que sin sospecharlo tropieza con una palabra. La palabra exhibe su rencor y expresa como puede su fastidio, es el último y real eslabón de todos, en ella todo podría desarrollarse sin recurrir a baratijas ni desperdicios.

La palabra camina y nota que está tan vieja y desgastada que ya le cuesta dar una imagen clara de su significado puro a través del tiempo. Es entonces cuando ve pasar a una novela y observa en ella sus detalles. Le pide que la sujete bien fuerte y que se desarrolle lentamente con la paciencia necesaria, que ejecute su arte a placer, para poder así comunicar con finos matices su más profunda esencia, la que ya no es capaz de trasmitir.

 

Si señores, prepárense. El sol se asoma tímido y con una reverencia, la única cedida a la especie humana. Comienza su batalla, el desafío eterno y valiente, exhibición de orgullo y humildad. Alrededor de mil quinientos millones de musulmanes inician su extraordinario ayuno. Nada pasará por sus gargantas en las horas de sol de cada día durante un mes. No habrá comida, ni tabaco, ni siquiera agua. Este maravilloso pueblo homenajea de esta manera a todas las personas del mundo que se encuentran en la pobreza y carecen de recursos necesarios para abastecer sus necesidades básicas. En el norte africano, asediado por los altos calores propinados por la sequedad del extensísimo desierto de Sahara, donde las temperaturas pueden alcanzar en verano los sesenta grados, estas personas no se permiten beber ni siquiera una gota de agua durante todo el día. Quiero enviar un saludo que nunca llegará a todos aquellos musulmanes, de Marruecos, de Libia, Túnez, Argelia, el antiguo Egipto, origen de nuestra especie, a los de Medio Oriente, los amigos de Arabia Saudita, Yemen, Omán, y los castigados Siria e Irak, que tantos cuentos maravillosos nos supieron regalar desde la ciudad santa de Bagdad, o Alepo, aporte inconmensurable a la humanidad, muchas gracias por eso, muchachos. Un saludo a la maravillosa región de Anatolia, la querida Turquía. Envío saludos también a los de Asia Central, el gran Uzbekistán, región de antiguos timúridas, a los chiíes de Irán, inmensa extensión de orgullo persa, Pakistán, Afganistán, Turkmenistán. Más saludos para los amigos musulmanes de los Balcanes, vestigios del poderosísimo Imperio otomano, sobre todo a los de Albania y Bosnia. Saludos hasta las islas asiáticas, hasta Indonesia y Malasia, y al sudeste asiático, a la populosa Bangladesh. Saludos también a países musulmanes que no mencioné y a todos los que habitan en el mundo, que se preparan como cada año para desafiar al sol y el placer, y dar una muestra de valentía y humanidad a todo el planeta. Quiero decirles que es valorada por nosotros, los cristianos descreídos. Un saludo para todos y un abrazo fuerte, desde mi propia debilidad, respeto y admiración. ¡Bendito sea Alah el omnipotente, señor todopoderoso, creador y escudo del Universo!

Hoy leí unas historias de hombres que solo viven lo que viven los hombres y creí de nuevo. En sus historias eran solo animales finitos, tal vez algo megalómanos. Solo un poco, lo necesario. Habrán sido o seremos todos partes de ángel, o lo somos completos. Cada uno es el ángel que puede ser. Sentí por un momento mis alas finitas de finitud moviéndose, atrapando el viento. En esa unión necesaria con el más allá desde el más acá. Volé un poco por un bosque repleto de cadáveres que sonreían. Los saludé, me dijeron que todavía les crecían el pelo y las uñas, que podían hablar, saludar, y también sonreír. Les agradecí la gentileza. Volé por una selva, había personas tristes que se abrazaban y se recomponían. Los saludé también e hicieron lo propio. Uno me gritó que no me preocupe, que iban a mejorar y pronto se sentirían alegres de nuevo. Movió su brazo con más ímpetu. Les agradecí también. Pasé por una tundra, repleta de animales, algunos fantásticos que descansaban y comían, estaban a gusto en aquella región. Los saludé con una sonrisa. Me dijeron que todo pasa, o que no pasa nada, o que pasa lo que tiene que pasar. Claro, claro, respondí alegre y sonriendo. Todos sonrieron también y algunos con cierta osadía me mostraban sus alas finitas de finitud de ángel. Los más ancianos ya estaban cansados de volar y reposaban, los pequeños estaban aprendiendo. ¡Nos vemos a dos mil quinientos metros de altura!, dije. ¡A tres mil!, me respondió otro. Nos vemos, ¡eh!, sí, claro. ¡Hasta luego!, y me fui con mis alas finitas de finitud de ángel para otra región.

Cómo anda la banda, soy yo (siempre yo, claro), el amigo Ramón. Yo ya no sé más nada (no se). Para mí todo va muy rápido (demasiado). La vida está muy loca (la vida, si, la vida). Yo le digo, ¡vida calmate!, ¡vida pará!, ¿no ves?, ¿no ves que todo pasa muy rápido? (demasiado rápido). Sin darme cuenta pasa y yo que sé. Al final uno no puede terminar de disfrutar nada (no se puede). Uno se esfuerza, y dale que dale para adelante (dale que dale) y para allá, y trabajar, y el sacrificio incesante (trabajo, mucho trabajo), y nada che. Que el estudio, que diez  años estudiando, y siempre falta más (estudiando y estudiando). Siempre falta, siempre falta un poco más (falta). Y yo ya quiero ver algo, ¿entendés?, quiero ver algo de resultados, qué se yo, no se, mostrame algo, (alguna cosita che) dale. Me dicen que soy ansioso (siempre me dicen), y también que pienso mucho (que pienso, que pienso) pero yo estoy medio podrido. Siempre para adelante (siempre) y para acá nada. Entonces vida calmate un poco (recontra calmate), vida dale, dale mostrame algo, quiero empezar a ver algo che. Pero bue, los dejo che porque tengo que laburar (laburar, estudiar, laburar).

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