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tundrario

  • ¿Ese es el cerebro del que me hablaste?
  • Sí, mirá.
  • Se ve bien.
  • ¿Viste? Parece inteligente.
  • No sé si inteligente, pero se ve bien, ¿Qué andás haciendo?
  • Mirá esto. Si metés el dedo por acá, estos plieguecitos. Tienen como un juguito, medio amargo, pero como salado, es riquísimo.
  • A ver.
  • Mirá, pasalo así fuerte como abriendo el pliegue y tratá de arrastrar todo ese juguito.
  • ¡Es riquísimo!
  • ¡Viste!
  • Es extraño. Primero deja un sabor raro pero después tiene un dejo diferente que genera cierta adicción.
  • Exactamente, no lo podría haber descrito mejor.
  • Me encanta, ¿puedo un poco más?
  • Sí, claro. Fijate que toda esta parte ya casi que le saqué todo. De este lado está casi intacto.
  • Mmmm, me encanta.
  • Yo sabía que te iba a gustar.
  • Che, ¿y sabés de quién era?
  • No me dijeron. Pero a juzgar por el sabor, era un artista.
  • ¿Vos creés?
  • Y, parece medio evidente. ¿Sentís esa sutilidad en el sabor? Esos matices de amargo y salado, parece un riñón clásico por momentos, después tiene esa cosa neomollejezca barroca.
  • Mira, no vine acá a discutir eso y no quiero ofenderte, pero ya que hablamos, a mi me parece que es de un carpintero.
  • ¿Carpintero? Ves que nunca entendés nada.
  • ¿No sentís como una especie de sensación de bodega mendocina? De roble antiguo.
  • No me parece la verdad.
  • Bueno, qué se yo. Gracias igual por invitarme
  • De nada. Pasame el queso que quiero probar una cosa.
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Nono, quedate tranqui, no te muevas, dejá, en serio. Paso un segundito por acá nomás. Te juro que es un segundito, ya me voy. No te hagas problema, en serio, no hay historia. Es un segundito, te juro. No quiero molestar, paso por acá nomás y ya me voy, ya me voy, es un segundo, ¡Pero un segundo de verdad eh!, listo listo, ni te muevas, ya me voy, quedate tranqui, ya me voy…

¡Cuántas luces de colores!, me agradan mucho. Son muy alegres. Algunas luces rojas, o una sola pero dividida. Se me mete por las axilas, por los pelitos de las axilas, me hacen cosquillas, me empujan a levantar los brazos. Las luces verdes me dan en la cara, los ojos. Los abro y me siento verde, siento también el azul en mi cintura, en mi pelvis, mis muslos. Descubro posiciones, ensayo posturas de un baile que parece satánico con el rojo, que parece divino con el azul, de un cielo que da miedo, el de los dioses temibles. Con el verde intermedio, demasiado terrestre, practico movimientos en su punto máximo de dolor o de placer, con gestos, con caras de sufrimiento o de alegría extasiada. Con el amarillo, me sigo moviendo con una atmósfera suave, misericordiosa, de acciones que están por llegar al atardecer y tal vez pueda anticipar ahora con una sonrisa humilde y alegre, pero muy sutil y sin dientes. Como preparando un acto elevado, probablemente, esperando la ocasión precisa y romántica de defender una patria que no tiene banderas, solo feliz.

Me gusta que me griten y me hablen en la cara. Tal vez en una nota en particular, que haga resonancia en mi aorta, o en las venas de mis brazos, o retumbe la sangre que hace trabajar a mi sistema digestivo. Como cuerdas que vibran con sangre, algo sensibles al corte. Me gusta la pasividad de la recepción del mensaje, sin ningún tipo de esfuerzo. Cuando una persona habla bajito, o en otra nota, o sin gracia, percibo claramente cómo debo inclinar mi cuerpo hacia adelante, acercando sutilmente mi oído, frunciendo un poco los músculos de mi cara, haciendo efectivamente un esfuerzo por comprender lo que dice, percibir, interpretar. En ese momento mi cuerpo está activo, ejecutando una orden hacia el “para afuera”, tratando de captar su mensaje, no en su boca, no en mi cuerpo, sino como a mitad de camino, en el pequeño espacio de aire entre aquella persona y yo. Detesto salir a capturar mensajes y que sea justamente ahí. Llegan deformados, fastidiosos, como una mala descarga sexual, torcida, que da placer pero más o menos, que da por el costado, que me queda raro. ¡Grítenme!, grítenme en la cara. Quiero que el sonido entre limpio por mi oído sin ningún esfuerzo, que entre con total claridad y ni siquiera tenga que salir a capturarlo porque penetra por mi cerebro en pasividad absoluta, descanso total, y se expanda por ahí, resonando también algunas pequeñas arterias de mi mente, y comunicándolo para todos lados, sobre todo para los músculos de la cara, que sin esfuerzo alguno, ni energía en el aire a mitad de camino, formarán naturalmente una sonrisa.

El escritor de tangos Attilio Olivetti se encuentra en su estudio, más precisamente en escritorio repasando algunos versos del genial Ricardo Tanturi. Piensa, resiste e imagina. Observa por la ventana el futuro y el pasado. Se embarca en el presente todo el tiempo que puede. Fuma tabaco y reflexiona, recuerda, también ama.

Escucha el bandoneón de Pichuco y llora. Sigue fumando, busca razones por la ventana. El día está gris y podría morirse ahí mismo sin estar seguro de que eso altere alguna rutina ajena. Cree que tampoco otra muerte podría modificar la suya. Vive solo, vive inmerso en su mundo de tangos y pasiones. Cierra los ojos, escucha la voz de Carlos Gardel, también la del feo Rivero, la del polaco Goyeneche, vuelve a llorar.

Descubre conventillos, chapas, madres de brazos fuertes que lavan la ropa y cocinan en ollas enormes. Quiere que sea de noche y caminar por un empedrado viejo. Desea hablar con vagabundos y embriagarse. Ansía volver y conciliar el sueño, uno profundo repleto de una creatividad que no logra conseguir despierto. Espera también en aquel sueño hallar al fin su destino, y de ser posible, su mejor tango.

¿En qué te convertís cuando te convertís en vos mismo?, ¿tal vez en viento?, ¿en una ráfaga incontenible?, ¿de verdad?, ¿en un grito de gritadero fugaz y aterrador?, ¿en un sobrante de lo cotidiano, una resaca de energías desperdiciadas? En una calle tal vez vacía, arrasada. ¿O acaso cuando te convertís en vos mismo, sos pureza? Una transparencia en sosiego mayor, una certidumbre diáfana y total. ¿Creés en vos mismo?, ¿y que ha sido entonces, si me permitís, lo más importante en toda tu vida?, en serio, hablemos en serio. ¿Y vos sabés bien, no? Sabés bien para dónde vamos. ¿Con qué llenás esto? Esto de acá, mirame. Lo que tenemos acá. Mirame a la cara también, esta cara de “acá” con dolor, de vacío y de la nada misma. Cuando hacés arroz por ejemplo y lo tenés que acompañar con algo más, algo que te llene las tripas evitando lo soso de un arroz blanco. ¿Una fritura elegís?, ¿un sabor aceitoso y resbaladizo que te deja un presente extasiado? Que recorra los largos metros de tus intestinos sin ningún tipo de aspereza ni de rencor. O unas verduras, mejor. Unas verduras para proyectar al futuro inmediato. ¿Inmediato? Pero si.. pero si la vida.. faltan tantos años, ¿faltan tantos años? Pero si los dinosaurios, los dinosaurios paseaban saltarines tranquilamente hasta que, hasta que… eso fue hace como doscientos millones de años, ¿en serio?, ¿y vos cuántos años sos? Como un puntito sos, o una línea, o un segmento preciso y ahogado en un espacio inicial y final sofocante. Ah, claro, si, la vida puede ser larga. ¿Sí?, ¿y si mejor te convertís en vos mismo?, sí, en vos mismo, pero, pero… ¿En qué te convertís cuando te convertís en vos mismo?

Se me escurría de las manos con un misterio lento, con la sensación sutil en las yemas de mis dedos de una seda deslizándose detenidamente, dejándome aquella percepción táctil como último vestigio de su presencia. Vuelve a mí, por favor, le repetía solemne y sin miedo ni vergüenza, con la certeza de estar diciendo siempre la verdad con un sabor amargo que lo sentía sobre todo en la contracción de mi garganta, en la sed de mi estómago. Si ahora vuelo, con este paño de seda que vuela y se posa en mis manos, en mis yemas, a veces se me mete por la garganta y todo parece un sueño, o tal vez yo me convierto por momentos en Dios. El miedo se esfuma y me gustaría encontrar la manera precisa de hacer llegar este paño de seda en mi interior, envolver con él mi corazón y sentir justamente allí la sed amarga y la contracción de mis latidos. Emulo el placer con el alcohol, llenarme por dentro de la amargura que no resulta traicionera, ni se me escapa tenazmente, hasta que el miedo cese y un suave paño de seda, demasiado realista esta vez, de un material más económico, me envuelve por lo menos los sesos, por lo menos, y me invita en un movimiento forzoso, muy forzoso, a gozar por unos instantes del poder absoluto, de la exactitud del alma, claro, de aquel estado de paz insustituible e inmejorable, del bendito delirio infinito, y de las palabras eternas.

Eco, me dijo Umberto, y escuché aquella musicalidad literaria. Las notas tácitas que llevan las palabras con sumo sigilo, y sus sílabas tónicas en las oraciones, cuentos, novelas. Tonalidad de naturaleza del lenguaje por un lado, y tonalidad del peso específico del significado, por otro. De vez en cuando sucede que uno se encuentra atrapado en una lectura y percibe en los pequeños espacios y comas, en los puntos, un silencio. De los que ensordecen y traen consigo un eco. Una palabra colocada en el lugar adecuado, un grito seco y áspero en la punta de un espacio inacabable, con la sensibilidad de buscarla dulcemente hasta que aparece para retumbar y hacernos sentir por un momento tan pequeños, sumisos. Siendo parte de una especie de barranco solitario e inhóspito, con esa bendita palabra reverberando por los valles y cerros, moviéndose a trescientos cuarenta y tres metros sobre segundo. Se puede recibir a modo de eco cíclico una y otra vez, aquella verdad súbita, aquel placer de saber que la vida al final tenía sentido y se podía justificar a sí misma con esos momentos, con rayos sonoros engendrados en el silencio y compuestos por notas precisas que emiten la exacta frecuencia de nuestro estómago-pecho, haciendo un efecto de resonancia-verdad. Resuena el cuerpo a partir del corazón, resuena la máxima expresión del vivir, la posible existencia de dios, resuena el recuerdo del presente, de estar vivo hoy, y para siempre.

Hoy estoy muy al pedo. De paso, de aburrimiento nomás, decidí tirarme un buen pedo. De pedo no me cagué. Hubiera sido más noble cagarme, aunque hubiera sido un quilombo al pedo. Una vez, un amigo que estaba en pedo, se tiró un pedo y efectivamente se cagó. De pedo otro amigo estaba con él y lo ayudó. Después vino para mi casa, que de pedo yo ya había llegado, y justamente estaba bastante en pedo también. Al otro día andaba muy al pedo y le mandé un mensaje para saber cómo se sentía. Fue al pedo, el pibe seguía en pedo todavía. Hay que ser, ¡eh!

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